Menos de cuarenta vecinos residen todo el año en Tabladillo, pero cada agosto el pequeño municipio segoviano se transforma en punto de encuentro de cientos de personas que regresan para celebrar sus fiestas patronales en honor a San Roque. Una cita que este 2026 ha vuelto a demostrar que el tamaño de un pueblo no tiene nada que ver con las ganas de festejar.

Todo comenzó el viernes 14 con la puesta de banderines en las calles, ese gesto sencillo que marca sin necesidad de discursos el inicio oficial de los días de fiesta. Le siguió una cata de vinos Verdejo de Bodega Erre y una cena popular de huevos fritos con chorizo que reunió a vecinos y visitantes alrededor de la mesa. El broche de la primera noche llegó con el concierto de Alicia de Julián y Juan Carlos Ureña, que llenaron la Plaza Mayor con flamenco, rumbas y versiones acústicas de grandes clásicos.
El sábado fue un día largo y lleno. La paellada popular del mediodía congregó a una multitud bajo la carpa instalada en la plaza, y el bingo posterior mantuvo en vilo a todos con un jamón Gran Reserva Duroc de 8,5 kilos como premio final. Por la tarde, los más pequeños tomaron el protagonismo con hinchables acuáticos y la fiesta de la espuma de colores, mientras los adultos asistían a la asamblea anual de la Asociación Cultural. La noche cerró con hamburguesada y el grupo Los Mendas, que trajo al escenario un homenaje al rock español capaz de unir a distintas generaciones.
El domingo 16, día grande, la celebración adquirió su dimensión más emotiva. La eucaristía en honor a San Roque y la procesión posterior por las calles del pueblo recordaron el origen de estas fiestas, ese hilo antiguo que conecta generaciones y que ningún hinchable ni ninguna orquesta ha logrado desplazar. Tras los actos religiosos, el Ayuntamiento ofreció un refresco a los asistentes.
La tarde volvió a los niños con más actividades acuáticas, y la noche entregó los últimos compases a la Orquesta Tentación, que actuó en dos pases hasta las dos y media de la madrugada.
Tabladillo vuelve a guardar sus banderines hasta el próximo año con la certeza de que ha vuelto a hacerlo bien: sin pretensiones, sin artificios, con la sencillez de quien sabe perfectamente quién es y qué quiere celebrar.
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