La agrupación festiva más querida de Vitoria recibe el reconocimiento como Alaveses del Mes de agosto, un homenaje a quienes año tras año llenan de color, música y alegría las calles de la capital alavesa durante las fiestas de La Blanca.

Hay personajes que no necesitan presentación en Vitoria. Los gigantes, cabezudos, sotas y caballos de la Comparsa llevan más de un siglo siendo parte inseparable de la identidad de esta ciudad. Su presencia en las fiestas no es un complemento: es el alma misma de la celebración.
Este agosto, la agrupación ha sido reconocida como Alaveses del Mes, un galardón que llega apenas unas semanas después de que la Comparsa recibiera también el Celedón de Oro, máximo reconocimiento festivo de la ciudad. Con él fue distinguida igualmente Txaro Iturralde, modista de la comparsa durante décadas.
La historia de estos colosos bonachones arranca en 1917, cuando los primeros cuatro gigantones y otros tantos cabezudos salieron a las calles vitorianas. Costaron 1.322 pesetas de la época, una cantidad considerable que los vecinos lograron recaudar con esfuerzo. Desde entonces, el tiempo no ha hecho sino sumarles cariño y nuevos compañeros.
Los Regüeveros llegaron en 1929, inspirados en los representantes de los pueblos en las juntas forales. Un año después se incorporaron La Vieja, La Señorita, La Rubia, Calva Seca, el Llorón y el inconfundible Ojo Biriqui, convertido hoy en uno de los personajes más entrañables del conjunto. En los años cuarenta, la familia acogió a los cuatro Reyes de la Baraja, regalo de Alfaro Fournier. Ya en los primeros años dos mil, sotas y caballos completaron esta gran familia festiva.
La despedida de los Gigantes y Cabezudos volvió a reunir este año a cientos de personas en la calle San Antonio, demostrando que su capacidad de congregar a vitorianos de todas las edades sigue intacta. No hay filtro generacional que resista una pasada de botxintxa.
Con casi 110 años a sus espaldas, esta comparsa sigue dando la talla, literalmente. Y Vitoria, que los conoce de toda la vida, los sigue mirando con los mismos ojos de siempre: los de quien reconoce en ellos algo propio, algo que no entiende de modas ni de tiempos.
Álava entera les debe una parte de lo que es.
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