Del paraíso a las cenizas: un programador de San Martín de Valdeiglesias reconstruye su vida un mes después del incendio de la Sierra Oeste

Un mes después de que el fuego arrasara miles de hectáreas en la Sierra Oeste de Madrid, Abel Viedma trata de recoger los pedazos de la vida que construyó durante casi cinco años en San Martín de Valdeiglesias. Su finca, metida en pleno monte y a la que solo se accedía por un camino de tierra, quedó reducida a escombros en cuestión de horas.

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Abel es programador, pero eligió la sierra porque era su sueño vivir en contacto con la naturaleza. Allí cultivaba su propia tierra, elaboraba vino y aceite de oliva que repartía entre sus conocidos más cercanos. Una forma de vida que, en un solo día, desapareció.

Se enteró del incendio a través de un grupo de vecinos. El fuego había comenzado en la localidad tras arder un coche en la M-501. Estaba en Las Rozas visitando a su padre cuando recibió la noticia y se desplazó hasta la finca con un único objetivo: salvar a sus tres perros y dos gatos.

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«Cuando llegué, parecía que estaba en otro planeta por todo el humo que había. No quise ni verlo. Al día siguiente ya vi todos los daños», cuenta. Lo que encontró al volver fue desolador: animales muertos, el ecosistema destruido y su hogar convertido en ceniza. «Se pierde un paraíso y una forma de vida. Es una tragedia», resume.

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Para afrontar la reconstrucción, Abel ha puesto en marcha una campaña de financiación colectiva con el objetivo de reunir 30.000 euros, que destinará a retirar escombros, asegurar la estructura y recuperar los suministros. Él mismo reconoce que necesitará más, pero lo considera «un buen punto de partida». El resto lo buscará a través de préstamos y ayudas institucionales, aunque advierte que los vecinos afectados «no saben nada» de las subvenciones disponibles y critica la descoordinación en la gestión de los apoyos.

Durante el incendio también perdió los ordenadores con los que trabajaba. Su empresa reaccionó con rapidez y en una semana le proporcionó nuevos equipos. La vida laboral ha retomado su ritmo, pero la personal sigue en suspenso.

Mientras espera poder reconstruir, ya dedica tiempo a reforestar la zona y a dejar agua para los animales que sobrevivieron. «Intentamos ayudar en todo», dice. Su vínculo con la sierra no se rompió con el fuego, y quiere ser parte activa de su recuperación.

Abel mira también con preocupación al futuro y teme que el próximo verano traiga nuevas tragedias similares en la Comunidad de Madrid o en otros rincones de España.