La noche de Murrieta que un padre logroñés no olvidará jamás

Han pasado casi tres meses desde que la UD Logroñés logró el ascenso en Matapionera y todavía hay logroñeses que no han podido sacudirse la emoción de aquella tarde. Uno de ellos lo ha plasmado por escrito con una reflexión que va mucho más allá del fútbol: habla de padres, de hijos y de lo que significa pertenecer a una ciudad.

La noche de Murrieta que un padre logroñés no olvidará jamás

Álvaro Montalvo Oliván, vecino de Logroño, reconoce que los nervios le impidieron ver el partido. Se fue enterando del marcador a través de grupos de WhatsApp hasta que, en la prórroga, decidió apagar el móvil y refugiarse en un rincón tranquilo del parque de su barrio. Fue su hijo quien llegó corriendo para contarle que Cabetas había empatado en el minuto 114.

Al sonar el pitido final, la decisión fue inmediata: a Murrieta.

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En fiestas

Un amigo del niño escuchó los planes y le pidió a su padre que fueran también. La respuesta fue tajante: ni loco, ni que hubieran ganado la Champions. Montalvo reconoce que en ese instante sintió pena por el chaval. Sin embargo, con el paso del verano ha llegado a una conclusión diferente: el que verdaderamente se merece esa pena es el padre.

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Porque ese hombre no ha entendido nada.

El fútbol local no va de categorías ni de trofeos. Va de un sentimiento. Va de disfrutar el camino junto a los tuyos, de compartir los nervios, la alegría desbordante y las calles llenas de gente que celebra algo que siente como propio.

Aquella noche, padre e hijo cruzaron juntos la plaza Fuente Murrieta entre banderas blanquirrojas y abrazos de desconocidos. Y en ese gesto sencillo, Montalvo cree haber dado a su hijo algo que no se compra ni se enseña en ningún aula: raíces de pertenencia a una tierra y a una ciudad, el orgullo por un club que es de todos, y alas para seguir soñando con cotas cada vez más altas.

Una reflexión que, en vísperas del inicio de la nueva temporada en una categoría superior, recuerda a toda la afición logroñesa por qué merece la pena estar en las gradas, sufrir en los parques y, cuando llega el momento, salir a celebrar a la calle.

Eso es lo que une a una ciudad con sus colores. Y eso, ningún resultado puede quitárselo.