Varias generaciones de danzantes se reunieron el pasado sábado en Fuentepelayo para rendir homenaje a Victoriano, el maestro que durante décadas enseñó los paloteos de La Octava del Corpus y que falleció el pasado mes de mayo. Un acto cargado de emoción que convirtió las calles del municipio segoviano en un homenaje vivo y en movimiento.

El tributo comenzó en la plaza de El Salvador, desde donde los participantes recorrieron el pueblo bailando hasta llegar a la Plaza Mayor. Allí, el Grupo de Danzas y Paloteos El Salvador, con el respaldo del Ayuntamiento de Fuentepelayo, organizó una exhibición de los paloteos de La Octava que emocionó a todos los presentes.
Lo más llamativo fue la edad de quienes participaron: desde los 13 hasta los 62 años. Esa diferencia habla mejor que cualquier discurso de la huella que dejó Victoriano en su comunidad.
Era un hombre exigente. No quería retrasos en los ensayos, vigilaba que cada traje estuviera impecable y no toleraba ni una pulsera fuera de lugar el día de La Octava. Pero quienes lo conocieron saben que detrás de esa seriedad había una entrega absoluta y un cariño enorme hacia sus danzantes y hacia la tradición que custodiaba.
Su figura fue inseparable de la vida festiva y religiosa del pueblo. Durante el Octavario era quien portaba la cruz de plata en las completas. También ejerció durante años como torilero oficial, llegando a crear la Asociación Taurina Villa de Fuentepelayo, que este pasado agosto le colocó una placa conmemorativa en la puerta del toril en su memoria.
Victoriano era, en definitiva, uno de esos hombres que sostienen un pueblo desde la sombra: sin buscar protagonismo, pero siendo imprescindibles.
El homenaje del sábado no fue una despedida. Fue una demostración de que su legado sigue vivo. Está en cada joven que aprende a golpear los palos, en quien corrige una postura durante el ensayo, en la puntualidad que él tanto exigió y en la cruz de plata que alguien volverá a portar cada año.
La Plaza Mayor de Fuentepelayo se llenó de música, emoción y palos entrechocando al ritmo que él enseñó. Y aunque Victoriano ya no estaba entre ellos, su nombre, con V y con C, resonó en cada paso de baile.
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