Henry lleva trece años en el País Vasco, lejos de su Perú natal, construyendo un proyecto hostelero con varios establecimientos en Bilbao y distintas localidades vizcaínas. Nunca antes había vivido algo parecido a lo que le ocurrió el pasado fin de semana en su local del barrio bilbaíno de El Regato.

El establecimiento había acogido una doble celebración: la despedida de soltera el viernes y la de soltero el sábado. Ese segundo día congregó a unos cuarenta invitados. Tras la cena en el comedor, el grupo bajó a la discoteca privada del local, que solo se abre para eventos especiales. Dos camareros atendían la barra mientras Henry y un amigo supervisaban desde cierta distancia.
Sobre las tres y media de la madrugada, cuando el ambiente ya estaba cargado de alcohol y otras sustancias, uno de los camareros avisó al dueño de que varios invitados le acorralaban en la barra. Henry se acercó y les pidió, con calma, que no estuvieran en esa zona.
Lo que vino después fue una explosión de violencia sin precedentes.
Uno de los hombres le agarró del cuello y le empujó contra la pared. Luego se le echaron encima tres personas a puñetazos, con vasos y botellas. Le arrojaron por los escalones que bajaban a la barra y allí continuaron la agresión. Su amigo intentó separarlos y también recibió una paliza: un botellazo en la cabeza y un tajo en el brazo que requirió catorce puntos de sutura. Entre los agresores estaba el propio novio, a quien Henry recuerda golpeándole con una botella en la cabeza. Horas antes lo había felicitado por su próxima boda.
Mientras él recibía los golpes, otro grupo aprovechó el caos para saquear el local: se llevaron ordenadores, tablets y un micrófono. Solo cuando Henry logró hacerse con una barra de metal y alguien gritó que tenía una escopeta, los agresores huyeron despavoridos.
Fue el propio hostelero quien llamó a la Ertzaintza. Al ver a su amigo tendido y sangrando, le practicó un torniquete para evitar que se desangrase. Los agentes identificaron a catorce implicados, aunque no procedieron a ninguna detención.
Henry ingresó en el hospital de Cruces con cortes, vidrios incrustados en la piel, un dedo roto y la cara desfigurada por los golpes. Estuvo diez horas en urgencias. Tras recibir el alta, él y su mujer tomaron un vuelo para alejarse de la pesadilla.
Las víctimas presentaron denuncia el lunes. Henry solo pide que sean identificados todos los agresores y que no vuelvan jamás a poner un pie en su local.
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