La obra del pintor José Gutiérrez-Solana, ‘La España negra’, ofrece una visión singular de Valladolid en la década de 1920. A través de sus páginas, el autor retrata no solo la arquitectura y la cultura de la ciudad, sino también a sus habitantes y sus costumbres cotidianas.

Gutiérrez-Solana describe a Valladolid como una «noble y vetusta ciudad castellana». Un aspecto que destaca es el escaso tráfico y el estado de los tranvías, que eran aún tirados por mulas. Esta imagen retrata una ciudad que, aunque rica en historia, estaba anclada en un pasado que muchos considerarían obsoleto.

El Museo de Escultura cobra protagonismo en las reflexiones del pintor, quien menciona a artistas como Berruguete y Juan de Juni. Sin embargo, su crítica a la calidad de la escultura contemporánea resuena con fuerza. Señala que «todavía está por nacer el escultor que recoja la herencia de la tradición española». Esto evidencia un descontento con el arte de la época y un anhelo por un renacimiento artístico.

Otro de los espacios que menciona es el Colegio de Santa Cruz, el cual describe como de belleza arquitectónica magnífica. Este colegio, junto con el Campo Grande, se presenta como un lugar de encuentro y esparcimiento, especialmente los domingos, donde los vecinos disfrutaban de un entorno bien cuidado y arbolado.

Gutiérrez-Solana no escatima en detalles sobre la vida cotidiana. Comenta sobre los quincalleros y los comercios del barrio, donde se exhiben gran variedad de productos. Además, hace referencia a la cultura popular e intentos de entretenimiento como los organillos que se encontraban en las calles, elementos que aportaban música y colorido a la vida urbana.

La figura de los habitantes de Valladolid también es objeto de su atención. Describe a sus hombres con un aire chulesco y a las mujeres con un estilo que muestra orgullo por sus raíces. Esta observación social ilustra un carácter regional que resuena hasta la actualidad.

Finalmente, el autor hace una crítica al ambiente religioso de la ciudad, lo que incluye una referencia al olor a cera e incienso que impregnaba las calles. Esta notable presencia religiosa ha dejado huella en la identidad vallisoletana y la vida diaria de sus ciudadanos.

En este contexto cultural y social, la mirada de Gutiérrez-Solana invita a reflexionar sobre Valladolid como un cruce de caminos y tradiciones. Su obra permanece actual al recordar las interacciones de sus habitantes, así como los espacios que han sido testigos de su historia y evolución.

por redaccion