La escultura más querida de la plaza de Regla despierta tras casi tres décadas: el agua vuelve a correr bajo las manos de bronce

Pocos leoneses saben que la escultura que preside la plaza de Regla esconde en su interior un aljibe de agua. Menos aún recuerdan que alguna vez sonó. Las obras de remodelación de la calle Ancha y la plaza han abierto una ventana inesperada para recuperar ese secreto que llevaba sin funcionar desde 1998.

La escultura más querida de la plaza de Regla despierta tras casi tres décadas: el agua vuelve a correr bajo las manos de bro

Su autor, el escultor leonés Juan Carlos Uriarte, ha vuelto a reencontrarse con la pieza más popular de su carrera, aunque no precisamente la que más le satisface. Con la obra desmontada y en el taller, tiene por delante una semana para darle los últimos retoques antes de que regrese a su sitio junto a la Catedral.

El aljibe, que solo estuvo activo durante su primer año de vida, fue concebido como un homenaje a las termas romanas sobre las que se asienta la Seo leonesa. El propio artista reconoce con honestidad que el fallo fue suyo: diseñó mal el sistema y el agua dejó de circular. Ahora, técnicos del Ayuntamiento y la empresa encargada de las obras se han puesto manos a la obra para que el murmullo regrese. Uriarte lo describe como el sonido de un riachuelo en verano, relajante y de tono suave y opaco.

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La escultura, instalada en marzo de 1997 tras un encargo municipal para dar vida al centro de la ciudad, está cargada de simbolismo. A sus pies se esconde un laberinto inspirado en la tradición de las catedrales góticas. La idea era que los visitantes lo recorrieran, colocaran su mano sobre las huellas de bronce y pidieran un deseo.

Esas huellas son precisamente el mayor misterio que rodea a la obra. Uriarte nunca ha revelado quiénes fueron los modelos que prestaron sus manos para la pieza y asegura que ese secreto se lo llevará consigo. Cientos de miles de personas han intentado a lo largo de los años encontrar entre el bronce la silueta de su propia mano, y esa curiosidad seguirá viva para siempre.

El artista confiesa que esta obra nunca ha sido su favorita, que se sintió condicionado por el encargo y el entorno de la Catedral. Sin embargo, no puede evitar la sorpresa cada vez que ve la cantidad de gente que la disfruta. León lleva casi treinta años haciendo suya una escultura de la que su propio creador desconfió desde el principio.