El distrito de Arganzuela se ha convertido en uno de los epicentros del sinhogarismo en Madrid. Unas cien personas duermen en sus parques, bancos y rincones verdes, según los últimos datos municipales, solo por detrás del distrito Centro. La imagen de familias paseando con niños contrasta cada día con la de quienes no tienen otro lugar donde dormir.

En la plaza Luca de Tena, junto a los columpios y el tobogán, Constantino llora al recordar que hace apenas un mes vivía en un piso. Ahora comparte ese espacio con otras tres personas, entre ellas su pareja, que permanece tumbada en un colchón con un tobillo roto y un marcapasos. «Comemos y nos lavamos aquí en la fuente. No hacemos daño a nadie», dice este hombre de 60 años de origen rumano.
Los agentes de la Policía Municipal se acercan en ocasiones a pedirles que cambien de ubicación, pero horas después siguen en el mismo lugar. Los vecinos, especialmente quienes acuden con menores, miran la situación con preocupación y cierta impotencia.
A pocos metros, en el parque de Peñuelas, tres tiendas de campaña llevan meses instaladas junto a la valla de un centro deportivo. Juan es uno de sus ocupantes. Tiene 48 años, es español y lleva siete años viviendo en ese entorno. Cada mañana recorre varios kilómetros para ducharse en la Casa de Baños de Embajadores y comer en un comedor social. A veces esa logística le impide acudir a citas en servicios sociales.
«Es un sumidero que te consume poco a poco y una realidad que la gente no quiere ver. Tu vida es esperar, esperar y esperar», resume Juan, que trabajó en un hotel de la ciudad y sigue buscando empleo y vivienda.
El recorrido por el distrito suma más estampas similares: personas durmiendo en bancos del Paseo de Juan Antonio Vallejo-Nájera Botas, carpas bajo edificios de viviendas, cartones entre los arbustos frente a la glorieta de Santa María de la Cabeza.
Los equipos de calle del Ayuntamiento de Madrid trabajan en la zona para orientar a estas personas hacia los recursos disponibles. Sin embargo, quienes llevan años en la calle señalan que la prevención llega tarde. «Hace años éramos una decena, ahora somos muchos más. Debería haber más prevención», insiste Juan. Una realidad que crece, se asienta y ya no puede ignorarse.



