Los casales falleros de Valencia caen uno a uno ante el avance de los apartamentos turísticos

Los locales donde generaciones de valencianos han convivido, ensayado y celebrado sus Fallas están desapareciendo para convertirse en pisos de alquiler vacacional. No es un fenómeno aislado: es una tendencia que amenaza la columna vertebral social de la fiesta más arraigada de la ciudad.

Los casales falleros de Valencia caen uno a uno ante el avance de los apartamentos turísticos

El caso más reciente se ha dado en la calle Túria. El antiguo casal de la Falla En Plom, que dejó ese local en 2017, lleva desde 2023 en proceso de convertirse en apartamentos turísticos. Los candados que hoy precintan la entrada cuentan, sin palabras, lo que se perdió y lo que vendrá.

No es el único ejemplo. En 2024, la falla Séneca-Yecla, del barrio de Algirós, plantó un monumento que tituló Guiriland. El nombre no era casualidad: la propietaria de su casal les había comunicado que necesitaba el local para abrir apartamentos turísticos. La comisión respondió como sabe hacerlo: con sátira y con fuego.

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En fiestas

En Benicalap, la situación tampoco mejora. Varios bajos comerciales del barrio están siendo reconvertidos en alojamientos para visitantes. Uno de ellos pertenecía a la falla Nova de Benicalap, que ya había abandonado el espacio antes de que comenzaran las obras.

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El patrón se repite. Donde antes había un local lleno de vecinos ensayando, debatiendo o simplemente compartiendo una tarde, ahora habrá maletas con ruedas y llaves en cajas de seguridad.

El problema va más allá de la vivienda. Los casales falleros son algo que pocas ciudades tienen: metros cuadrados donde la vecindad tiene un motivo para juntarse. Espacios amplios, equipados y con historia. Precisamente por eso resultan tan atractivos para quienes buscan rentabilizarlos.

Varias comisiones llevan meses buscando apoyo para poder comprar sus propios locales, conscientes de que el siguiente aviso puede llegarles a ellas. El temor es compartido y el tiempo apremia.

La pérdida no es solo sentimental. Sin puntos de encuentro en los barrios, la vida social se vuelve más pasiva, más anónima. Una ciudad puede resistir que cambie una tienda o un bar, pero cuando empiezan a tambalearse sus propios símbolos identitarios, la señal es difícil de ignorar.

Las Fallas, con toda su fortaleza, están revelando una grieta que no entiende de calendarios ni de pólvora. Y Valencia tendrá que decidir, antes o después, si quiere escuchar lo que sus casales llevan tiempo diciéndole.