Olmo Gómez Aldaz, vecino de Tudela de Duero, ha conseguido que tanto el Gobierno de España como el Ejecutivo vasco le reconozcan formalmente como uno de los menores sustraídos a sus progenitores biológicos durante la dictadura franquista. Un largo proceso de más de quince años que, por fin, comienza a dar sus frutos.

Olmo nació en Bilbao en 1972 y fue entregado en adopción bajo el pretexto de ser un bebé abandonado. Vivió casi cuatro décadas sin conocer su verdadero origen hasta que, en 2010, decidió iniciar la búsqueda de sus raíces biológicas.
La investigación le llevó a encontrar a su hermana a través de una plataforma de apoyo a víctimas de adopciones irregulares. Gracias a ese contacto descubrió la identidad de su madre biológica, Micaela Aldaz Ilarregi, fallecida en 1989.
En enero de este año logró un hito histórico: conseguir que su DNI recoja sus apellidos biológicos sin eliminar la filiación adoptiva, convirtiéndose así en el primer español con doble filiación efectiva reconocida documentalmente.
«Me da mucha tranquilidad el poder ir diciendo mi nombre y mis apellidos y luego que en el documento ponga lo mismo. He estado mucho tiempo teniendo que dar explicaciones y se ha convertido en algo muy pesado, muy tedioso», ha explicado el propio Olmo.
Sin embargo, el camino no ha estado exento de obstáculos. Cuando solicitó la nulidad de su adopción a la Diputación Foral de Bizkaia, entidad responsable de gestionar aquellas adopciones en su momento, esta se opuso al trámite. La institución vasca defiende que la práctica era «legal, frecuente y tolerada» en aquella época.
Ante esa postura, Olmo no oculta su indignación. «Para mí, la nulidad de la adopción es una forma de honrar la memoria de mi madre. No solo me separaron de ella, a ella le arrancaron a su hijo. Necesito que esta verdad sea reconocida y reparada por la justicia», afirma.
También denuncia la paradoja a la que se enfrentan las víctimas de estos casos: «Nos exigen probar que somos víctimas, pero cierran por prescripción la vía que permitiría demostrar el delito.»
A pesar de todo, Olmo reivindica con firmeza su inocencia y la de todos los afectados. «Somos inocentes, es triste que tengamos que recordarlo. La adopción parece una condena y que tienes que agachar la cabeza, pero nosotros no hemos hecho nada malo», concluye.
