Los cerca de 800 vecinos de Cantalpino, un pequeño municipio salmantino situado a apenas 25 minutos de la capital, llevan años conviviendo con una realidad difícil de imaginar: abrir el grifo sin poder beber lo que sale de él.

Desde este pasado martes 21 de julio, sin embargo, el pueblo ha empezado a ver la salida de un túnel muy largo. El Ayuntamiento ha anunciado el inicio de las pruebas de la nueva planta de ósmosis inversa, una instalación que, una vez verificada y ajustada, devolverá al municipio el acceso a agua potable de forma normalizada.
Los problemas no son nuevos. Los propios vecinos los sitúan en torno a 2019, cuando se generalizó el cultivo del maíz en la zona de regadío. Los productos fitosanitarios asociados a ese cultivo fueron filtrándose poco a poco a los acuíferos y pozos, alterando los parámetros de potabilidad del agua. En 2022 se detectó un exceso de nitratos, y el 23 de mayo de 2023 llegó el aviso oficial: el agua no era apta para el consumo humano por la presencia de metacloro, un herbicida.
Desde entonces, la rutina en Cantalpino cambió por completo. La Diputación instaló dos grandes depósitos de 2.000 litros cada uno, y los vecinos debían acudir a recoger agua en garrafas durante una única franja horaria: de once de la mañana a doce del mediodía, todos los días de la semana.
Ahora ese sistema de supervivencia está a punto de quedar atrás. No obstante, el consistorio ha pedido paciencia y ha advertido de que el agua sigue sin ser potable hasta que los análisis confirmen que todos los valores son los adecuados. El proceso de ajuste de la planta requiere tiempo y rigor.
El miércoles 22 de julio, además, fue necesario detener durante horas los motores de extracción, por lo que el ayuntamiento solicitó a los vecinos que usaran el agua solo para lo estrictamente imprescindible durante esa mañana, con el fin de evitar que los depósitos municipales se vaciaran.
A pesar de la espera, el tono del comunicado municipal no pudo ser más esperanzador: «Ya queda menos para que podamos volver a beber el agua de nuestros grifos», concluía el texto.
Tres años de garrafas, de horarios limitados y de incertidumbre. Cantalpino, por fin, empieza a contar los últimos días.
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