En el corazón de uno de los barrios más nuevos de Burgos, donde antes rugían las máquinas de una gran fábrica y una chimenea de 70 metros dominaba el horizonte, hoy se abre paso una calle que lleva el nombre de un pueblo con proyección universal: Caleruega.

La calle Caleruega es la arteria principal de un barrio construido sobre el solar de la antigua fábrica Cellophane, una de las instalaciones industriales más emblemáticas de la zona oeste de la ciudad. Aquel gigante de la industria burgalesa se convirtió en referente desde 1949, y su imponente chimenea fue durante décadas un símbolo inevitable del paisaje urbano. En enero de 2004, la mole fue demolida y con ella desapareció toda una época.
Sobre ese terreno, a caballo entre los siglos XX y XXI, se levantó un nuevo barrio moderno y funcional, encajado entre la antigua estación de ferrocarril y el monasterio de las Huelgas. Un entorno cargado de historia que ahora luce fachadas nuevas y una trama urbana bien trazada.
La calle más destacada de esta zona recibe el nombre de Caleruega, localidad de la comarca ribereña de Burgos conocida en todo el mundo por ser la cuna de Santo Domingo de Guzmán. El fundador de la Orden de Predicadores, los dominicos, y patrón de la provincia de Burgos nació en ese pequeño municipio, cuyo nombre ha viajado a todos los rincones del planeta gracias a la labor evangelizadora de su orden.
No es casualidad que Burgos honre a Caleruega con una de sus calles principales. El vínculo entre la capital y ese pueblo es profundo, histórico y espiritual, y el urbanismo de la ciudad ha querido mantenerlo vivo en el día a día de sus vecinos.
A la calle Caleruega se puede acceder desde varias vías del entorno: la calle Luis Rodríguez Arang, que rinde homenaje al fundador de la propia Cellophane, Siervas de Jesús, Don Bosco y Gumiel de Hizán. La calle desemboca en la calle Doctor José Luis Santamaría.
Pasear por este barrio es, para muchos burgaleses, un ejercicio de memoria. Quienes conocieron la ciudad antes de que las vías del tren dejaran de cruzarla recuerdan un paisaje muy distinto, lleno de talleres ferroviarios y el constante rumor de la fábrica. Hoy, ese mismo suelo sustenta viviendas, comercios y una calle que lleva grabado el nombre de un pueblo que le dio al mundo un santo universal.



