La pequeña localidad zamorana de Marquiz de Alba vivió el pasado fin de semana una jornada cargada de emoción al conmemorar el centenario de su escuela rural, un edificio que ya no acoge pupitres ni pizarras, pero que sigue siendo el corazón del pueblo.

Cien años de historia y memoria: Marquiz de Alba rinde homenaje a los alumnos de su escuela del alma

El acto estuvo impulsado por la asociación «Las chicas de la escuela», un grupo de mujeres vinculadas al municipio que han convertido la recuperación de la memoria colectiva en su bandera. Fueron ellas quienes organizaron un sentido homenaje en el que se reconoció la trayectoria de 93 exalumnos que en algún momento de sus vidas aprendieron a leer, escribir y sumar entre aquellas cuatro paredes.

Pero la celebración no fue solo de reencuentro y alegría. También hubo espacio para el recuerdo de quienes ya no están, de todos aquellos vecinos y vecinas que pasaron por las aulas y que hoy solo viven en la memoria de sus familias y en el cariño de un pueblo que no olvida.

El edificio que fue escuela durante décadas ha encontrado una segunda vida como centro sociocultural, dando así continuidad a su papel como punto de encuentro para la comunidad. Aunque los niños ya no llenan sus pasillos, el espacio sigue siendo útil y necesario para un pueblo que, como tantos otros de la España vaciada, lucha por mantener viva su identidad.

El centenario reunió a antiguos alumnos llegados de distintos puntos, muchos de ellos con décadas sin volver al lugar donde dieron sus primeros pasos en el conocimiento. Los testimonios, las fotografías antiguas y las historias compartidas dibujaron un retrato íntimo y poderoso de lo que significó aquella escuela para generaciones enteras de zamoranos.

Iniciativas como la de «Las chicas de la escuela» son las que mantienen con vida la historia de los pequeños municipios, convirtiendo la nostalgia en acción y el recuerdo en celebración. Marquiz de Alba ha demostrado que cien años no son solo una cifra: son cien años de infancias, de maestros, de esfuerzo y de comunidad.

Un siglo después, el pueblo se ha dado a sí mismo el mejor regalo posible: no olvidar.