El laboratorio se ha convertido en el nuevo frente de batalla por la memoria. Tras concluir la excavación de una sepultura en el cementerio del Santo Ángel de la Guarda de Madridejos, el trabajo más delicado acaba de comenzar: reconstruir, fragmento a fragmento, la identidad de las víctimas del franquismo que llevan décadas sin nombre.

El antropólogo forense Víctor Barrera trabaja ahora con alrededor de 4.000 piezas óseas recuperadas de la sepultura 60 del cuadro 13 de ese cementerio. La intervención, que arrancó el pasado 29 de julio, responde a una petición de familiares y busca recuperar los restos de las víctimas de la llamada Saca 11, fusiladas el 31 de julio de 1939.
El reto es mayúsculo. Los cuerpos no estaban en su posición original porque en 1964 fueron trasladados desde el antiguo cementerio de San Sebastián hasta el emplazamiento actual. Ese movimiento mezcló y fragmentó los restos hasta convertir la sepultura en algo parecido a un osario.
«Los cuerpos estaban totalmente removidos», explica Barrera. Por eso, aunque la excavación resultó relativamente ágil, el verdadero desafío llega ahora en el laboratorio.
4.000 fragmentos no equivalen a 4.000 huesos ni, mucho menos, a 4.000 personas. Un mismo hueso puede haberse partido en decenas de piezas. El equipo debe emparejarlas utilizando osteometría, morfología y relaciones biomecánicas entre distintas partes del esqueleto. Las articulaciones resultan especialmente valiosas porque permiten asociar restos con mayor fiabilidad.
«Hay que ir uno a uno viendo qué huesos emparejan y así podríamos sacar individuos», señala el forense.
Durante la excavación también aparecieron zapatos de diferentes tamaños, botones, un lapicero y restos de munición, incluidos un casquillo y un proyectil. Todo ha sido inventariado junto al material óseo.
La documentación histórica apunta inicialmente a 13 personas vinculadas a esta sepultura, pero Barrera avisa de que esa cifra no puede darse todavía por definitiva. De hecho, los primeros análisis apuntan a que podrían estar representadas más personas de las que recogen los registros oficiales, algo habitual en este tipo de investigaciones.
Solo cuando se determine cuántos individuos componen el conjunto será posible avanzar hacia la identificación. Primero saber cuántos son. Después, quiénes fueron.
Para muchas familias de la comarca, ese momento significaría recuperar décadas de silencio y devolver a sus seres queridos algo que les fue arrebatado hace casi noventa años: su nombre.



