Burgos vive estos días una nueva vuelta al cole, pero el regreso a las aulas no siempre fue como lo conocemos hoy. Durante generaciones, el calendario escolar estuvo marcado no por criterios pedagógicos, sino por las necesidades del campo y de las familias trabajadoras.

La educación en la capital burgalesa tiene raíces profundas. Centros como el Colegio Saldaña llevan en pie desde hace más de tres siglos, y a finales del siglo XIX se sumaron otros pioneros como el Colegio Niño Jesús o los Maristas, entonces conocidos como Sagrados Corazones, que incluso llegaron a impartir sus primeras clases en la histórica Casa del Cordón.
Pero la escuela de entonces poco tenía que ver con la actual. Las aulas podían albergar a más de cincuenta alumnos de distintas edades bajo la batuta de un solo maestro. No existían los cursos tal y como los conocemos hoy.
El curso, además, no comenzaba en septiembre. La Ley Moyano de 1857, que estuvo vigente durante 113 años, fijaba el inicio de las clases el 1 de octubre en los colegios públicos. La razón era sencilla: el trabajo infantil en las cosechas era una realidad que el legislador no podía ignorar. Esa misma ley estableció también la obligatoriedad de crear escuelas para niñas y dividió la enseñanza en tres niveles.
Las materias también eran distintas. Las niñas aprendían labores domésticas como parte del currículo. El francés era el idioma extranjero por excelencia, la mecanografía preparaba a los alumnos para la máquina de escribir y la pretecnología introducía los trabajos manuales. Nada que ver con el inglés y la informática de hoy.
Durante la dictadura franquista, el día escolar arrancaba con el canto del himno nacional y oraciones obligatorias. Una asignatura específica buscaba inculcar los valores del régimen entre los más jóvenes.
Con la llegada de la democracia llegaron también los cambios legislativos. La LOGSE de 1990 fue un punto de inflexión: amplió la escolaridad obligatoria hasta los 16 años e introdujo la ESO y el Bachillerato. Desde entonces, la educación ha pasado por varias leyes más hasta la actual LOMLOE.
Hoy, miles de niños burgaleses retoman las clases en septiembre sin saber que, no hace tanto, ese mismo momento dependía del ritmo de la cosecha y del trabajo en el campo. La historia de la educación en Burgos es, en buena medida, la historia de la propia ciudad.
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