Cada tarde, las mujeres mayores de Corconte se acercan al restaurante La Conchita a jugar la partida. Sin faltar casi nunca. Y si lo hacen, avisan, para que nadie se preocupe. Lo que parece una costumbre entrañable es, en realidad, una red de cuidados invisible pero imprescindible en los pueblos más pequeños de Cantabria.

El Gobierno regional ha vuelto a convocar las subvenciones destinadas a bares ubicados en municipios con riesgo de despoblación, con el objetivo de frenar el aislamiento social y la soledad no deseada. La ayuda alcanza los 2.000 euros por establecimiento y cuenta con una partida total de 50.000 euros, lo que permitirá llegar a hasta 25 negocios hosteleros.
«Nuestra preocupación es luchar contra la soledad no deseada y el aislamiento», explica Eduardo Rubalcaba, director general de Dependencia, quien considera estos locales los mejores aliados para combatir uno de los grandes problemas de los entornos rurales.
Javier González lleva más de cinco décadas al frente de La Conchita, en Corconte, un pueblo de apenas cuarenta habitantes. El negocio ha pasado de generación en generación y ha cambiado con los tiempos, desde tienda de ultramarinos hasta punto de encuentro gastronómico. «Es importante que nos echen un cable a los pueblos, porque sin un sitio de reunión la gente se queda en casa y no se relaciona», señala.
En Abionzo, María del Carmen y David Cobo son la tercera generación que sostiene La Inesperada. Para ella, el mensaje es directo: «Sin los bares, este tipo de pueblos serían localidades fantasma. La gente mayor no saldría de casa». La ayuda, dice, no les llega solo a ellos como dueños, sino a las diez familias de trabajadores que dependen del negocio y a los vecinos que cada tarde encuentran allí su punto de encuentro.
La convocatoria de 2026 incluye novedades respecto al año anterior. Se amplía a dos el número de locales subvencionables por localidad, se incorporan gastos de plataformas digitales como las necesarias para emitir fútbol, y el plazo para solicitar la ayuda permanece abierto hasta el 14 de septiembre. En apenas un día desde su publicación, ya se habían recibido una decena de solicitudes.
«Si falta Fulanita, se preocupan. Si Menganita está enferma, lo saben», resume Rubalcaba. En los pueblos que se vacían, el bar no es solo un negocio. Es, muchas veces, lo único que queda.
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