Cada año, miles de personas pasean por la feria del queso de Zamora sin preguntarse por qué lleva ese nombre tan singular. La respuesta está en una lengua internacional que, hace más de un siglo, echó raíces con fuerza en la ciudad del Duero.

La palabra ‘Fromaĝo’ no es un invento caprichoso ni un término sin significado. En esperanto, la lengua internacional creada a finales del siglo XIX por el lingüista judeopolaco Lázaro Zamenhof, significa simplemente «queso». Quien bautizó así la feria buscaba tender un puente entre el producto zamorano por excelencia y una vocación internacional que el propio esperanto siempre tuvo en su ADN.
La elección resulta menos arbitraria de lo que parece cuando se conoce la historia local. Durante el primer tercio del siglo XX, el esperanto tuvo un arraigo sorprendente en Zamora. Se organizaron cursos, se celebraron actividades y distintas personalidades de la ciudad mostraron interés por esta lengua como herramienta de comunicación entre culturas. Era un movimiento vivo, con seguidores reales en las calles zamoranas.
Esa historia ha sido rescatada del olvido en los últimos años gracias al trabajo del profesor Carlos Coca, quien publicó el pasado año dos estudios dedicados a documentar el legado esperantista en tierras zamoranas. Sus investigaciones han devuelto visibilidad a una faceta de la historia cultural de la provincia que había quedado enterrada durante décadas.
La peculiar ‘ĝ’ del nombre, una letra característica del alfabeto esperantista inexistente en castellano, es ya en sí misma una pista visible para cualquier visitante. Representa un sonido parecido al de la ‘y’ consonántica y convierte el cartel de la feria en una pequeña lección de historia cada vez que alguien se detiene a preguntar qué significa.
Sin embargo, la feria todavía no ha explotado del todo este filón. En la edición actual no hay conferencias ni actividades específicamente dedicadas a explicar el vínculo entre el esperanto y Zamora, lo que supone una oportunidad pendiente para enriquecer la propuesta cultural del evento más allá de lo gastronómico.
Incorporar charlas o exposiciones sobre este capítulo histórico permitiría que los visitantes se llevaran a casa algo más que un buen queso: también una historia poco contada sobre la ciudad que los ha acogido.
Porque detrás de ese nombre extraño que adorna carteles y mercancías late, en realidad, un trozo auténtico de la memoria de Zamora.
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