Junto a la Puerta de Córdoba se esconde uno de esos lugares que muchos sevillanos pasan de largo sin imaginar lo que guardan sus muros. Una torre medieval, un pequeño oratorio con techo mudéjar y una historia que arranca en el siglo VI protagonizan uno de los rincones más singulares de la ciudad.

La tradición sevillana sitúa en este enclave la prisión donde el príncipe visigodo Hermenegildo fue encerrado por su padre, el rey Leovigildo, tras perder la guerra que él mismo había desatado al proclamarse rey independiente. Fue capturado en Córdoba en el año 584 y, según el relato que el papa Gregorio Magno recogió en sus Diálogos, murió ejecutado de un hachazo por negarse a recibir la comunión de un obispo arriano durante la Pascua. Ese gesto de fidelidad a la fe católica lo convirtió en mártir.
De aquel episodio nace la iconografía que tantas veces hemos visto: Hermenegildo representado con un hacha y una palma. Su muerte, además, se vincula históricamente a la conversión de su hermano Recaredo y a la proclamación del catolicismo como religión oficial del reino visigodo en el III Concilio de Toledo del año 589.
La torre que hoy podemos ver es posterior al propio príncipe, ya que pertenece a la muralla medieval de Sevilla. Nadie puede afirmar con certeza que Hermenegildo estuviera preso exactamente aquí, pero los sevillanos llevan siglos tratando este lugar como suyo. La hermandad que lleva su nombre ya tenía cofrades junto a la Puerta de Córdoba en 1467, y una donación de 1482 reservaba parte del aceite de un olivar para mantener encendidas las lámparas del santo.
La iglesia que hoy existe junto a la torre fue abierta por la hermandad en 1616. Desde este mismo año, el templo acoge además la actividad parroquial de San Julián mientras ese edificio se somete a restauración. El retablo mayor cuenta con una imagen atribuida a Juan Martínez Montañés, una de las joyas que guarda el conjunto.
Tras la reja del antiguo oratorio se descubre un espacio íntimo con un vistoso techo de madera de tradición mudéjar. Una inscripción en latín y castellano invita todavía al caminante a detenerse y venerar el lugar que, según la devoción popular, quedó consagrado con la sangre del mártir.
Un rincón que merece una visita pausada y que recuerda que Sevilla aún guarda muchas historias entre sus muros más antiguos.
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