Con el fin de las vacaciones de agosto y la vuelta al cole, las calles de Sevilla han recuperado de golpe toda su intensidad. Y con ella, los atascos que convierten los desplazamientos cotidianos en auténticas odiseas sobre ruedas.

Una serie de recorridos realizados este jueves en coche por distintas rutas de la ciudad y su corona metropolitana ha dejado cifras que dan que pensar: cruzar apenas cuatro kilómetros y medio de la ciudad puede llevar casi 35 minutos. Para que sirva de comparación, viajar por autovía desde Sevilla hasta Huelva, con sus 90 kilómetros de distancia, se hace en poco más de una hora.
El primer trayecto, desde la glorieta del puente de la Barqueta hasta el centro comercial Los Arcos, acumuló retención tras retención. El tráfico en la propia glorieta de la Barqueta, las colas en Ronda de Capuchinos, las esperas en la avenida de María Auxiliadora y el caos en la confluencia de Luis de Morales con Eduardo Dato fueron sumando minutos uno a uno. Resultado: casi 35 minutos para recorrer una distancia que en condiciones normales no debería superar los 15.
El segundo trayecto, entre Los Arcos y la avenida de la República Argentina, fue algo más generoso con el conductor: siete kilómetros en poco más de 18 minutos. Aunque hay un dato que no deja de resultar llamativo: ese mismo recorrido habría llevado el mismo tiempo, o incluso menos, haciéndolo en bicicleta. Un detalle que cobra más peso aún si se tiene en cuenta el precio actual del combustible.
La tercera ruta, ya pasadas las tres de la tarde, conectó el centro comercial Lagoh con la Cartuja: más de 25 minutos para cubrir aproximadamente nueve kilómetros. Y la avenida de Blas Infante se consolidó como uno de los puntos más problemáticos, con hasta 20 minutos para recorrerla de extremo a extremo.
El panorama que dibujan estos datos es el de una ciudad que arrastra sin solución sus problemas de movilidad. Cada septiembre, cuando Sevilla despierta del letargo veraniego, el mismo escenario se repite: las mismas calles, los mismos cuellos de botella, los mismos minutos perdidos al volante.
Mientras tanto, los sevillanos siguen pagando esa factura invisible que nadie les devuelve: la del tiempo atrapado entre semáforos y retenciones, kilómetro a kilómetro, día a día.
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