Detrás de cada cohete, cada verbena y cada romería que anima los pueblos de Cantabria hay un grupo de jóvenes que lleva meses trabajando en silencio para que todo salga adelante. Son la nueva generación de organizadores, y están cambiando la forma de entender las fiestas locales.

Tras la pandemia, las celebraciones populares han recuperado un protagonismo inesperado, especialmente entre los más jóvenes. Atraídos por una forma de ocio ligada a sus raíces y a su tierra, muchos han dado un paso más: en lugar de limitarse a disfrutar, han decidido organizar.
Este fenómeno se repite en localidades de toda la región. En Ambrosero, Ángel Moncalián lleva doce años en la comisión de fiestas, desde que era un chaval de quince. Hoy tiene 27 y compagina la organización con sus estudios de Derecho y la preparación de una oposición. Durante la semana previa a las fiestas, él y sus compañeros llegan a dedicar entre seis y siete horas diarias a los preparativos. Algunos incluso piden días libres o ajustan sus vacaciones para que todo esté en orden.
La comisión de Ambrosero, formada por unas quince personas, es también responsable de iniciativas como el popular Campeonato Mundial de Sobaos, una idea que surgió de manera espontánea en una tienda local y que el pasado fin de semana congregó a cientos de espectadores.
En San Andrés de Luena, Paula Ibáñez, de 32 años, decidió instalarse en la casa de sus abuelos y ponerse al frente de la comisión de fiestas junto a otros vecinos. Su objetivo es claro: darle vida al pueblo. Uno de los logros que más valoran es haber conseguido que personas mayores que habían dejado de salir vuelvan a juntarse con sus vecinos.
En Cillorigo de Liébana, la Asociación Sociocultural trabaja cada año para implicar también a los más pequeños, organizando juegos y talleres en los que participan niños y adolescentes que, con el tiempo, podrían convertirse en los próximos organizadores.
Buscan financiación, coordinan voluntarios, recuperan tradiciones y dedican buena parte del año a sostener un patrimonio que es tan frágil como valioso. Lo hacen de manera altruista, sin más recompensa que ver al pueblo unido.
En Cantabria, mientras aún quedan semanas de verano, las plazas seguirán llenándose de música y de gente. Y detrás de cada fiesta, habrá jóvenes que ya estarán pensando en la del año que viene.
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