Los vendedores del Mercado Central de Valencia avisan: «Nos quedamos como ninots indultats mientras el turismo se lo traga todo»

Las nuevas generaciones de vendedores del Mercado Central de Valencia ven cómo el espacio más emblemático del comercio local de la ciudad se transforma ante sus ojos. Lo que fue durante décadas el corazón abastecedor de los barrios valencianos se convierte, poco a poco, en un destino turístico que amenaza con vaciar de sentido su razón de ser.

Los vendedores del Mercado Central de Valencia avisan: "Nos quedamos como ninots indultats mientras el turismo se lo traga to

Violeta tiene 23 años y ha crecido entre los puestos de su padre y su tío. Para ella, el mercado ha dejado de ser lo que era: «Se ha convertido en un monumento turístico para sacar beneficios». Recuerda las historias que le cuenta su padre David sobre una época en la que el mercado bullía de vecinos y se escuchaba «el habla» de la gente. Hoy esa sensación de comunidad, reconoce, «es mínima y dentro de poco será cero».

David lleva 42 años trabajando en el mercado. Dedica su jornada a vender lechugas y hortalizas, y nota cada año cómo la clientela tradicional mengua. «Cada vez la gente compra menos producto para elaborar y yo lo que vendo es precisamente eso», explica. Los supermercados, con sus ensaladas listas para consumir, le han robado demanda. «Nos han quitado mucha, porque la gente se ha vuelto cómoda», admite.

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Frente a la expansión de las grandes cadenas, David es claro: «El pequeño negocio es el primero en morir». Y al pensar en el futuro del mercado, no duda: «Se lo comen los turistas. Para pasearse, súper, pero para que estemos aquí, como ninots indultats».

Su hermano Javier, también vendedor de toda la vida, se define directamente como «una especie en peligro de extinción». Sus tres hijos han optado por seguir caminos laborales diferentes, una señal inequívoca de la falta de relevo generacional que sufre el sector.

El Ayuntamiento de Valencia anunció en abril obras de rehabilitación del edificio para recuperar sus elementos modernistas y mejorar la iluminación. Pero los comerciantes advierten que el problema no es estético. Lo que se hunde, según ellos, es «una red tradicional de comercio de proximidad», atrapada entre el avance del turismo masivo y la presión de los grandes supermercados.

La pregunta que planea sobre el mercado es incómoda: cuando se jubile la generación que aún acude a comprar producto fresco, ¿habrá alguien que lo continúe?