Una estudiante de Historia del Arte de la Universidad de León ha recuperado este verano las tradiciones más arraigadas de su pueblo natal gracias a un proyecto financiado por las becas RALBAR, impulsadas por la universidad y la Fundación Banco Sabadell. Otero de Curueño ha vuelto a escuchar sus propias historias.

Noelia Herreras Gutiérrez eligió su propio pueblo para llevar a cabo su proyecto becado, titulado ‘Otero de Curueño: Patrimonio y Memoria’. Durante los meses de verano, esta joven investigadora se volcó en rescatar el legado cultural e histórico de esta pequeña localidad leonesa, logrando reunir a distintas generaciones en torno a una misma causa.
El proyecto giró en torno a varias actividades que pusieron en valor la identidad del municipio. Se recuperó la tradición de los filandones, esas reuniones nocturnas en las que los vecinos de más edad compartían relatos, canciones y recuerdos. También se rescató la mitología y las leyendas propias de la comarca, y se organizaron tardes dedicadas a los juegos tradicionales bajo el lema ‘A jugar como antes’, en las que los adultos enseñaron a los más pequeños cómo se divertían en su infancia.
Entre las iniciativas más llamativas destacó un taller de heráldica en el que los niños dibujaron su propio escudo mientras los mayores aprendían a interpretar los que ya existen en el pueblo. Se organizó también una jornada sobre la figura del concejo y las Juntas Vecinales, y una visita guiada a la ermita local que permitió acercar el patrimonio arquitectónico a todos los vecinos.
La acogida de la localidad fue, según la propia Noelia, sencillamente inmejorable. «La respuesta de los vecinos fue fundamental para sacar adelante el proyecto», reconoció la estudiante, que agradeció especialmente la implicación del alcalde pedáneo, José Luis Álvarez-Acevedo, y de todos los habitantes que abrieron sus casas y compartieron sus recuerdos sin reservas.
Para Herreras, la experiencia va más allá de un trabajo académico. «Nos permite a los jóvenes regresar a nuestras raíces y demuestra que el medio rural sigue muy vivo y merece ser protegido», afirmó con convicción.
El proyecto deja huella en una localidad pequeña que ha redescubierto su propia historia y abre la puerta a futuras iniciativas culturales en la zona. Una joven universitaria ha demostrado que el compromiso con el entorno rural puede empezar, precisamente, por volver a casa.



