Veinte años uniendo bodegas, pueblos y viajeros a lo largo del Duero

La Ruta del Vino Ribera del Duero ha alcanzado dos décadas de vida consolidándose como uno de los grandes destinos enoturísticos de España, un logro que pocos imaginaban cuando el proyecto arrancó en abril de 2006 con la ambiciosa misión de unir cuatro provincias bajo una misma identidad vinícola.

Veinte años uniendo bodegas, pueblos y viajeros a lo largo del Duero

Burgos, Segovia, Soria y Valladolid forman el territorio que cohesiona esta entidad sin ánimo de lucro, que ha conseguido lo que parecía complicado: que municipios, bodegas, alojamientos, restaurantes y asociaciones de toda una región tiren en la misma dirección.

Miguel Ángel Gayubo, presidente de la Ruta, recuerda que el reto inicial era enorme. «Hemos conseguido que sea una ruta sostenible y accesible; todos los socios que tenemos han apostado por la calidad», señala con satisfacción. Y los números le respaldan: actualmente la ruta cuenta con 240 servicios turísticos adheridos, 102 ayuntamientos y pedanías y ocho asociaciones.

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El camino recorrido en estos veinte años ha dejado hitos importantes. En 2010, fue una de las primeras rutas españolas en obtener la certificación oficial de Rutas del Vino de España, junto a nombres de peso como Rioja, Rías Baixas o Jerez. Desde entonces, cada año figura entre las tres rutas del vino más visitadas del país y es la más frecuentada de las nueve existentes en Castilla y León.

La profesionalización del sector y la creación de empleo en el territorio son otros de los logros que destacan quienes han vivido esta evolución desde dentro. Proyectos como el Plan de Sostenibilidad Turística en Destino o iniciativas como Destino Turístico Inteligente y Ribera del Duero Accesible han ido dotando de contenido y modernidad a una oferta que no para de crecer.

De cara al futuro, Gayubo pone el acento en la internacionalización sin perder el norte. «Cada vez tenemos más turistas extranjeros y oportunidades de promoción en el exterior, pero no queremos un enoturismo descontrolado, sino de calidad, que acoja a todo el mundo y crezca en servicios», subraya.

Dos décadas después de aquel arranque, la Ribera del Duero demuestra que el vino puede ser mucho más que una copa: es un motor económico, un vínculo entre comunidades y una puerta abierta al mundo para los pueblos del sur burgalés y sus vecinos del Duero.