El botijo más esperado del año: Toledo celebra la tradición del ‘agua de la virgen’ en el 800 aniversario de su Catedral

El 15 de agosto volvió a convertirse en uno de los días más emotivos del calendario toledano. Miles de personas se congregaron desde primera hora de la mañana en el Claustro de la Catedral para participar en la tradición del ‘agua de la virgen’, una costumbre que este año vivió una edición especialmente simbólica al coincidir con el 800 aniversario de la colocación de la primera piedra del templo.

Toledo celebra con botijos y fe el 800 aniversario de su Catedral en una jornada histórica

Desde las siete de la mañana comenzaron a llenarse los botijos de barro con el agua extraída del aljibe del Claustro, el mismo espacio que acoge cada año este encuentro entre vecinos y visitantes. En torno a 10.000 litros de agua se repartieron a lo largo de la jornada, entre el ambiente festivo y el calor propio de agosto en la ciudad imperial.

Para muchos toledanos, acudir a beber del botijo el día de la Virgen del Sagrario es una cita ineludible. «Es la tradición de este día y solemos venir siempre que podemos», explicaba una vecina, que reconocía pedir como deseo «salud para todo el año». Otros se acercaban por primera vez, sorprendidos por la afluencia y el ambiente que se respira en el claustro.

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No faltaron quienes vienen de localidades cercanas. Emilio, que baja cada año desde Argés con familiares y amigos, resumía el espíritu de la jornada con sencillez: «Con que el año que podamos bajar otra vez está bien».

El origen de esta tradición está envuelto en leyenda. Una de las versiones más documentadas relata cómo, durante las celebraciones de la festividad, un niño sufrió un desvanecimiento por el intenso calor. Al ser rociado con el agua de las cisternas del claustro, recuperó el conocimiento de inmediato. Desde entonces, el agua empezó a distribuirse gratuitamente entre el pueblo ese día y recibió el nombre que hoy conserva.

Otra de las historias populares apunta a los días de fiesta que siguieron a la finalización de la Capilla de la Virgen del Sagrario en el siglo XVII. Ante el calor sofocante, las autoridades eclesiásticas ordenaron distribuir jarras de agua fresca entre los fieles, dando así origen a la costumbre. Existe incluso una leyenda que vincula las aguas del pozo con la propia imagen de la Virgen, que según la tradición habría sido arrojada al aljibe para protegerla.

Ocho siglos después de que comenzara a alzarse la Catedral, Toledo sigue bebiendo del mismo espíritu de fe, historia y comunidad.