Alaior despertó este sábado con ganas de fiesta. Las calles del municipio menorquín se llenaron de color, música y emoción para celebrar el día de Sant Llorenç, una de las fiestas más arraigadas de la isla, que este año llegaba además cargada de simbolismo al coincidir con el centenario del título de ciudad.

Desde primera hora de la tarde, el ambiente era ya inconfundible. A las cinco en punto, el fabioler Josep Coll hizo sonar las primeras notas del replec ante una multitud congregada en el carrer Major, frente al Ayuntamiento. Antes de comenzar, Coll dirigió unas sentidas palabras a la caixera batlessa, Maria Antònia Pons, rindiendo homenaje a los artesanos, los zapateros, el famoso helado 57 y a rincones del pueblo que, según sus propias palabras, nunca dejará de querer.
La caixera fadrina, Paula Martí, recibió el penón de Sant Llorenç entre una explosión de aplausos y los cánticos de los jóvenes, que entonaban estrofas festivas con una energía que lo llenó todo.
Uno de los rasgos más destacados de esta edición fue el evidente relevo generacional. Los jóvenes encabezaron los actos, tanto en la música como en la qualcada, en la que participaron cerca de 80 caixers y caixeres. La Banda de Música de Alaior, formada en su mayoría por jóvenes, esperaba frente a la Biblioteca para acompañar la comitiva hacia la ermita, donde se celebraron las solemnes completes y la bebida de los caixers.
Más íntima, pero igual de emotiva, resultó la salida de la Colla Gegantera i Grallera de Alaior a las 16:30 horas. Los gigantes Llorenç y Eulàlia encabezaron un desfile que contó con la visita de los Geganters de la Roca del Vallès y collas de otros pueblos de Menorca. La txaranga Idò Sí marcó el ritmo, y hubo risas cuando los gigantes catalanes, por su considerable altura, rozaron con las banderolas de las fachadas, aunque su pericia a la hora de girar evitó cualquier contratiempo.
La noche reservaba aún los momentos más esperados. Antes de medianoche estaban previstas las dos vueltas del jaleo en sa Plaça, con el pueblo ya lleno de visitantes llegados de toda la isla. Los caixers cerrarían su recorrido en la rectoría, como marca la tradición.
La fiesta continuó después con la gran verbena junto al pabellón deportivo, animada por Fraggles y Jangueo.
Sant Llorenç demostró una vez más que en Alaior la fiesta no es un espectáculo, sino un sentimiento que se hereda y se cuida con mimo de generación en generación.
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