El hombre que desafió al Gobierno con una procesión atea en el corazón de Vitoria

Cuchillería llena de gente, cruces de madera, caretas y un santo inventado. Así fue como Vitoria vivió uno de sus momentos de rebeldía cultural más recordados, allá por 1986, cuando una procesión prohibida se convirtió en símbolo de libertad y humor irreverente.

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Todo comenzó con una idea tan sencilla como provocadora: organizar una procesión que parodiara las formas religiosas tradicionales, pero sin ningún contenido sagrado. El alma de aquella iniciativa fue Patxi G. Ardanaz, conocido por todos como «Poio», un vecino de Vitoria que se convirtió en referente de una contracultura urbana que buscaba su espacio en la ciudad.

El Gobierno Civil de la época no lo vio con buenos ojos y prohibió el acto antes de que pudiera celebrarse. Sin embargo, la prohibición tuvo el efecto contrario al deseado. Cientos de personas decidieron salir igualmente a la calle, silbatos en mano, portando cruces de madera y rindiendo homenaje a San Mangarrán, un santo completamente inventado para la ocasión.

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La imagen de Cuchillería abarrotada aquella jornada quedó grabada en la memoria colectiva de muchos vitorianoss. No era una protesta violenta ni una manifestación política al uso. Era algo diferente: una celebración atea con formas procesionales, una burla festiva que ponía en cuestión los límites entre lo permitido y lo prohibido en la España de la Transición.

«Poio» y quienes le acompañaron no buscaban ofender por ofender. Según quienes vivieron aquellos años, lo que pretendían era abrir un debate sobre la libertad de expresión, la laicidad y el derecho a ocupar el espacio público con propuestas alejadas de la tradición religiosa dominante.

Aquel episodio dejó huella en Vitoria. Con el tiempo, estas procesiones ateas se repitieron en diferentes formas, ganando nuevos seguidores y generando polémica cada vez que se anunciaban. La figura de Ardanaz quedó asociada para siempre a ese espíritu inconformista que marcó una época.

Décadas después, la historia de San Mangarrán y sus fieles imaginarios sigue siendo un capítulo singular en la historia social de la ciudad, un recuerdo de cuando las calles del casco viejo sirvieron de escenario para algo que nadie había visto antes en Vitoria.