Una bola de más de dos metros de diámetro caracterizada de toro volvió a recorrer este sábado las calles de Mataelpino, en la sierra noroeste de Madrid, en una nueva edición del Boloencierro que reunió a vecinos del municipio y a visitantes llegados desde distintos puntos para vivir una fiesta única en España.

La celebración, que nació en 2009 cuando un grupo de vecinos decidió improvisar un encierro diferente ante la imposibilidad de costear reses bravas, se ha consolidado con los años como uno de los eventos más originales y reconocibles de la Comunidad de Madrid. Lo que comenzó como una solución improvisada se convirtió en seña de identidad: más segura, más económica y respetuosa con los animales.
Este año, la edición contó con una novedad: por primera vez se utilizó una bocina para dar la salida, sustituyendo a los tradicionales cohetes. La alcaldesa del municipio, Soledad Ávila, valoró positivamente el cambio y destacó el éxito de participación, con numerosos corredores que pisaban Mataelpino por primera vez.
«Hoy había mucha gente que venía por primera vez a correr el Boloencierro y ya han dicho que volverían el año que viene», señaló la regidora, satisfecha por el desarrollo de la jornada sin incidentes y con gran afluencia de público.
Entre los participantes, Pablo, un visitante que se enteró del evento a través de las redes sociales, destacó que se trata de una experiencia diferente y accesible. «Es una buena alternativa y asusta menos», afirmó, añadiendo que no existe ningún tipo de maltrato animal y que las protecciones del recorrido garantizan la seguridad de los corredores. Ya planea volver el próximo año con sus amigos.
La categoría infantil también tuvo su protagonismo, aunque con alguna queja puntual. Alex, uno de los niños participantes, lamentó que la bola de esta edición le pareciera «muy distinta» a la de años anteriores, asegurando que había perdido parte de su impresión. Aun así, dejó claro que cuando sea mayor no se perderá el encierro de adultos.
El Boloencierro es hoy mucho más que una fiesta local. Se ha convertido en un modelo alternativo de celebración festiva que atrae cada agosto a cientos de personas dispuestas a correr delante de una bola gigante, sin cornadas, sin polémicas y con toda la emoción de un encierro de verdad.
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