El rastro dominical de la Aldehuela volvió a demostrar este penúltimo domingo de agosto que la canícula y el vaciado estival de la ciudad no pueden con una de las citas más arraigadas de Salamanca.

A pesar de las altas temperaturas y de que miles de salmantinos se encuentran fuera disfrutando de vacaciones o de las fiestas patronales de la provincia, el recinto ferial registró desde primera hora de la mañana un goteo constante de visitantes que no dio tregua durante toda la jornada.
Familias completas, jóvenes en busca de gangas y turistas que aprovechan sus días en la ciudad para descubrir sus rincones más auténticos recorrieron los pasillos formados por los centenares de puestos autorizados que cada semana dan vida a este espacio.
El calor, que ya se dejaba notar con fuerza desde las diez de la mañana, no fue obstáculo suficiente como para frenar la tradicional salida dominical de quienes siguen en la capital del Tormes. La búsqueda de una prenda de ropa, un par de zapatos o una antigüedad singular sirvió de excusa perfecta para sacudirse la pereza veraniega.
Los vendedores ambulantes respiraron aliviados al comprobar que la marcha habitual de los vecinos salmantinos quedó compensada por la llegada de visitantes procedentes de otras comunidades. Las ventas se mantuvieron en niveles similares a otras semanas, lo que supone un balón de oxígeno importante para un sector que habitualmente teme el mes de agosto.
Los puestos de ropa, calzado y antigüedades mantuvieron su actividad con normalidad, en una jornada que transcurrió sin incidencias reseñables y bajo la supervisión de la Policía Local.
El rastro de la Aldehuela es mucho más que un mercadillo. Para muchos salmantinos representa un ritual semanal, una forma de sociabilidad que resiste a modas, estaciones y circunstancias. El hecho de que incluso en agosto, con la ciudad más vacía que nunca, siga convocando a cientos de personas es la mejor prueba de su vitalidad.
Así, este enclave salmantino cierra su penúltimo domingo estival con buenas sensaciones y con la vista puesta en septiembre, cuando el regreso de los vecinos promete devolver al rastro toda su intensidad habitual.
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