Villaflor vive estos días uno de sus momentos más especiales del año. Las fiestas en honor a San Mateo han transformado este pequeño municipio zamorano en un hervidero de actividad, con decenas de personas llegadas desde distintos puntos de la provincia y del país para reencontrarse con sus raíces y celebrar juntos.

Como ocurre cada año en estas fechas, la localidad multiplica su censo habitual de manera notable. Los emigrantes que un día dejaron el pueblo regresan puntuales a la cita, y con ellos llegan también amigos y familiares que convierten las calles en un escenario festivo lleno de alegría y tradición.
El programa de actos ha dado respuesta a todos los gustos y edades. Las verbenas han animado las noches con música y baile, mientras que la cena popular ha reunido en torno a la mesa a vecinos y forasteros en un ambiente distendido y familiar, uno de esos momentos que refuerzan el sentido de comunidad.
Entre los actos más celebrados destaca el concurso de repostería, que ha puesto en valor el saber hacer de los habitantes del pueblo y ha despertado una sana rivalidad entre quienes se han atrevido a presentar sus elaboraciones. Bizcochos, pastas y dulces caseros han sido los protagonistas de una competición que va mucho más allá del palmarés y que sirve para mantener vivas las recetas de siempre.
Las imágenes captadas durante los días de fiesta reflejan escenas de encuentro y alegría difíciles de ver en cualquier otra época del año. Conversaciones en la calle, niños corriendo entre los adultos, música de fondo y el olor a comida casera conforman el paisaje característico de estas celebraciones rurales que resisten con fuerza el paso del tiempo.
Villaflor demuestra así, un año más, que los pueblos pequeños guardan una energía especial cuando llega el momento de festejar. Las fiestas de San Mateo no son solo un programa de actos, sino una razón para volver, para quedarse y para seguir sintiéndose parte de algo que merece la pena conservar.
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