El festival Ebrovisión llega a su 26ª edición consolidado como uno de los eventos musicales de referencia del norte de España, con un impacto económico que roza los tres millones de euros y una capacidad de convocar hasta 5.000 personas al día en los escenarios repartidos por el corazón de Miranda de Ebro.

Ramiro Molinero, director del festival y uno de sus fundadores, recuerda que todo comenzó en 2001 con un grupo de jóvenes sin experiencia y con ganas de llevar la música pop e indie a una ciudad donde el heavy y el punk eran los géneros dominantes. Aquella primera edición reunió entre 400 y 500 personas en el polideportivo local. Nadie imaginaba entonces la dimensión que alcanzaría el proyecto décadas después.
El festival nació bajo el paraguas de la Asociación Amigos de Rafael Izquierdo, creada en honor a un joven mirandés fallecido con 19 años que era un referente cultural en la ciudad. Ese espíritu de homenaje y comunidad ha acompañado al evento desde sus inicios.
El crecimiento ha sido constante pero no exento de retos. Al principio, entre el 70 y el 80 por ciento del público procedía de fuera de Miranda. Según Molinero, les costó ganarse a los propios vecinos. Hoy, sin embargo, la ciudad entera se vuelca con el festival y lo vive como algo propio.
Desde 2022, el Ebrovisión ocupa las calles y espacios emblemáticos de Miranda, como el Castillo o el Anfiteatro, apostando por que los visitantes descubran la ciudad mientras disfrutan de la música. Este salto al exterior marcó una nueva etapa para un evento que no para de crecer.
Esta edición contará con 29 grupos, entre ellos Lori Meyers como cabeza de cartel, una banda con la que el festival mantiene vínculos desde su tercera edición en 2003, cuando los granadinos actuaron como sustitutos de urgencia de último momento.
La planificación también ha cambiado radicalmente. Si en los primeros años el cartel se anunciaba semanas antes, ahora los grupos se contratan con más de un año de adelanto debido a la competencia de otros festivales que coinciden en el mismo fin de semana.
El impacto va mucho más allá de los escenarios. Hoteles, casas rurales, restaurantes, taxistas y el transporte público de Miranda y localidades vecinas como Vitoria o Haro notan el pulso del festival cada vez que arranca. Para una ciudad de tamaño medio, mover casi tres millones de euros en pocos días es una cifra que nadie puede ignorar.
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