La jornada del miércoles en Vitoria dejó más calor político que urbanístico. Lo que comenzó como una concentración convocada por el Partido Popular en la Plaza Nueva acabó convirtiéndose en un enfrentamiento verbal de primer nivel entre la formación conservadora y el Gobierno Vasco, con acusaciones cruzadas que eclipsaron por completo el motivo inicial de la cita.

Todo se desencadenó cuando el PP tuvo que trasladar su acto a la Plaza de la Virgen Blanca. Un cambio de ubicación, en apariencia menor, se transformó en el epicentro de una bronca política que duró horas y que llenó de tensión las calles del centro de la ciudad.
Desde las filas populares no tardaron en llegar las críticas al Ejecutivo autonómico. Los representantes del partido calificaron la situación de provocación y aseguraron que el Gobierno Vasco buscaba, según sus propias palabras, crear conflicto en la calle. El término amedrentamiento también sobrevoló los discursos y las declaraciones a pie de micrófono.
El ruido fue considerable. Las acusaciones, también. Sin embargo, la realidad sobre el terreno contó otra historia bastante más tranquila de lo que los altavoces políticos querían hacer creer.
Al margen de la bronca institucional, la concentración se desarrolló sin mayores incidentes. Los vecinos que se acercaron a la zona encontraron un ambiente lejos del dramatismo que dibujaban los protagonistas políticos desde sus tribunas.
Este tipo de episodios, en los que el conflicto entre partidos ocupa más espacio que el asunto que lo origina, resulta cada vez más frecuente en la vida pública de Vitoria. La ciudad, acostumbrada a debates urbanísticos y de convivencia, asistió esta vez a un espectáculo en el que la forma devoró por completo al fondo.
Al final del día, la plaza había vuelto a su ritmo habitual, los políticos a sus sedes y los ciudadanos a sus quehaceres. Quedó en el aire la sensación de que mucho de lo ocurrido podría haberse resuelto con menos megafonía y algo más de diálogo.
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