El aparcamiento de autocaravanas del parque de Las Llamas de Santander deja de ser gratuito. El Ayuntamiento ha comenzado a instalar un sistema de barreras y cierre perimetral que transformará por completo el funcionamiento de una de las zonas de estacionamiento para vehículos de recreo más concurridas del norte de España.

Los trabajos arrancaron esta semana y ya son visibles para cualquiera que se acerque a la zona. Operarios han completado la acometida eléctrica y la instalación de los sistemas de control de acceso. En los próximos días se colocarán las barreras y el cierre perimetral que rodará definitivamente a la instalación.
El Consistorio santanderino ha confirmado que el área contará con un sistema de gestión y reservas, así como con lectura automática de matrículas para controlar el tiempo de estancia, que seguirá limitado a un máximo de 48 horas. Para fijar la tarifa, el Ayuntamiento ha trabajado junto a la Universidad de Cantabria con el objetivo de establecer un precio ajustado a las prestaciones y la ubicación del enclave.
La noticia pilló por sorpresa a los usuarios que ocupaban la zona este jueves, y las reacciones no tardaron en llegar. La mayoría acepta el cambio con resignación, siempre que el precio sea razonable. «No creo que nadie que tenga autocaravana se niegue a pagar. A lo que nos negamos es a que el precio sea desorbitado», comentaba Jonatan, un visitante llegado desde Palencia. Enrique, procedente de Barcelona, compartía esa visión: «Si hay que pagar algo por pernoctar y el precio es razonable, a mí no me parece mal».
Las barreras también generan opiniones encontradas. Mientras varios usuarios ven con buenos ojos el control de accesos y la mayor seguridad que puede traer consigo, el límite de 48 horas divide a la comunidad autocaravanista. «Muchos somos jubilados y eso nos obliga a estar cambiando cada dos días», lamentaba Enrique. Sin embargo, otros defienden que la zona no es un camping y que dos noches son más que suficientes para una parada.
La masificación del área durante el verano ha provocado que decenas de vehículos busquen hueco en calles cercanas, como la calle Ernest Lluch, al otro lado de la S-20, para desesperación de los vecinos del entorno.
Con este cambio, Santander da un paso hacia la regulación de un turismo en auge que, hasta ahora, se movía sin apenas control en pleno corazón de la ciudad.
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