Este mes de septiembre, cientos de ovejas regresan a casa por los caminos de Aliste. Lo hacen, como cada año, guiadas por uno de los pocos pastores que aún mantienen viva una tradición que durante siglos definió la identidad del campo zamorano.

Tomás García Peña, natural de El Poyo, lleva más de media vida recorriendo el monte zamorano dos veces al año. Treinta años subiendo en junio o julio y volviendo en septiembre, siempre por los mismos caminos, conociendo cada piedra, cada curva y cada tormenta que la sierra es capaz de preparar.
No lo hace por rentabilidad. Él mismo lo reconoce sin rodeos: no siempre le salen las cuentas. Lo hace porque le gusta. Porque la conexión con la naturaleza, el paisaje y ese ritmo lento y antiguo de caminar con el rebaño no se encuentran en ningún otro sitio.
Pero Tomás también es consciente de que esta tradición tiene los días contados. Lo dice con pena y con cierta rabia contenida: la trashumancia lleva demasiados años olvidada por quienes podrían haberla sostenido. No se construyeron las cercas necesarias, los chozos no se habilitaron y la sierra acumula años de abandono y falta de limpieza.
El monte, según cuenta, ha cambiado mucho. Hay menos pasto, se puede limpiar menos y el estado general de las vías y los pueblos por los que transita el ganado sigue siendo un problema recurrente. «Lo de siempre, pero ya estamos acostumbrados», dice con la resignación de quien ha aprendido a convivir con la desidia.
La ganadería extensiva que practica Tomás no solo beneficia a sus animales. Las ovejas trashumantes cuidan el monte, lo mantienen vivo, limpian el pasto y contribuyen a un equilibrio que la ganadería intensiva no puede ofrecer. Pero eso, lamenta, ya no parece importarle a casi nadie en un sector que, según él, está cada vez más «enfocado en acabar con la calidad».
El relevo generacional no existe. La diferencia entre lo que esta práctica exige y lo poco que ofrece a cambio ha alejado a los jóvenes de una forma de vida que pasó durante siglos de padres a hijos en las comarcas de Aliste y la Alta Sanabria.
Tomás sigue. Esta semana vuelve a casa con sus ovejas, con la nostalgia de otro verano en la montaña y la certeza, dura y clara, de que es uno de los últimos en hacerlo.
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