El periodo de adaptación escolar divide a familias y expertos: ¿ayuda a los niños o complica la vida a los padres?

Con el inicio del curso, miles de familias burgalesas con hijos en educación infantil vuelven a enfrentarse a las primeras semanas de colegio como si se tratara de un puzzle sin solución: horarios de entrada escalonados, salidas a media mañana y recogidas que cambian cada semana hasta bien entrado octubre.

El periodo de adaptación escolar divide a familias y expertos: ¿ayuda a los niños o complica la vida a los padres?

El llamado periodo de adaptación, pensado para que los más pequeños se incorporen al aula de forma gradual, genera cada año una situación límite para muchos hogares. Especialmente para aquellos en los que los dos progenitores trabajan, las familias monoparentales o quienes no residen en la misma localidad donde está el centro escolar.

Emma, madre de dos hijos de ocho y dos años, lo resume con claridad: su pequeño apenas necesitó un par de días para adaptarse, mientras que su hija mayor, con cinco años, habría agradecido más tiempo. Para ella, el modelo actual es demasiado rígido. «Las adaptaciones deberían ser más flexibles. Estoy a favor porque sé que algunos niños las necesitan, pero en contra de que sean tan rígidas», afirma.

Noticias de Burgos en tu WhatsAppGratis, sin registros y sin que nadie vea tu número.
Unirme al canal
🎉
¡Sasamón está en fiestas!Qué hay hoy — programa en vivo2 — 9 sept
En fiestas

Los expertos comparten esa crítica al modelo uniforme. Víctor Amar, profesor de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Cádiz, señala que el problema está en aplicar el mismo esquema a todos los niños sin atender a las circunstancias de cada familia. «A los padres se les exige que sean coreógrafos: entra, sal en media hora, vuelve luego. No es sano, no es normal y no es apropiado», explica.

Desde la psicología educativa, Montserrat Amorós, docente de la Universidad Internacional de La Rioja, añade un matiz importante: los periodos muy cortos del inicio, de media hora o cuarenta y cinco minutos, pueden tener más que ver con la ansiedad de los propios padres que con las necesidades reales del niño. «Para un menor de tres años, el tiempo es algo muy relativo. Lo que determina la adaptación no es cuánto tiempo está en el aula, sino si es capaz de vincularse con un profesor o un compañero que le aporte seguridad», apunta.

Ambos especialistas coinciden en que el modelo debería ser más personalizado y extenderse más allá de septiembre, contemplando también los regresos tras las vacaciones de Navidad o Semana Santa.

Mientras tanto, las familias burgalesas hacen equilibrios cada mañana para cuadrar agendas y llegar a tiempo a un cole que, paradójicamente, todavía no ha empezado de verdad.