Los residentes de la calle Tarfia, en el barrio del Puerto de Sevilla, llevan un cuarto de siglo conviviendo con un problema que ninguna administración ha logrado resolver: cientos de jóvenes, muchos de ellos menores de edad, que se concentran noche tras noche a las puertas de sus casas para consumir alcohol hasta la madrugada.

La zona, ubicada en el distrito Sur de la ciudad, se ha convertido en uno de los puntos de botellón más consolidados de Sevilla. No importa el día de la semana ni la época del año. En invierno los jóvenes comienzan a llegar desde las ocho de la tarde. En verano, con las vacaciones escolares, la fiesta se alarga hasta bien entrada la noche cualquier día de la semana.
«En invierno puedo cerrar las ventanas, pero ahora, con el calor, es horroroso», lamenta una vecina que la pasada semana se quedó sin dormir hasta la una de la mañana. A la mañana siguiente, el panorama era desolador: botellas rotas, vasos de plástico, bolsas y cristales esparcidos por la calzada, las aceras y las zonas ajardinadas, un peligro evidente para niños, mascotas y cualquier persona que no lleve cuidado al caminar.
Los jóvenes llegan a pie desde barrios cercanos como El Porvenir, Heliópolis o Bami, desfilando con bolsas de plástico por la avenida de las Razas o la calle Cardenal Bueno Monreal. La tranquilidad del entorno, sin apenas tráfico peatonal y sin comercios que actúen como testigos, convierte a esta calle en un escenario ideal para estas concentraciones multitudinarias.
La presencia de menores es una de las denuncias más repetidas entre los vecinos. Muchos tienen 15 o 16 años y, según cuentan en el barrio, «a las once de la noche te encuentras a niños completamente borrachos». Quienes ya han cumplido la mayoría de edad acuden incluso en coche, lo que genera situaciones de riesgo vial, con vehículos circulando en dirección contraria y conductores que responden con agresividad cuando alguien intenta acceder a su garaje.
Al amanecer, personas en situación de sinhogar recorren la zona en busca de los restos dejados por los jóvenes, completando un paisaje de abandono que los vecinos ya no saben cómo combatir.
Veinticinco años de quejas, de noches en blanco y de cristales en la puerta de casa. Los residentes del Puerto de Sevilla piden que alguien, de una vez, les escuche.
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