Valladolid lleva años esperando que desaparezcan los últimos vestigios de la antigua vía de Ariza, pero dos tramos siguen en pie en plena ciudad. La causa no es técnica ni económica, sino administrativa: el organismo responsable de retirarlos aún no ha sido disuelto y, mientras tanto, las obras permanecen paralizadas.

La vía de Ariza sigue sin desaparecer de Valladolid mientras la burocracia frena el desmantelamiento

La integración ferroviaria de Valladolid, un proyecto que lleva décadas sobre la mesa y que prometía transformar la relación de la ciudad con el tren, continúa atascada en su fase final. Los tramos pendientes de desmantelamiento no se han levantado porque esa tarea corresponde a la Sociedad Valladolid Alta Velocidad, un ente que se encuentra en proceso de disolución y que, en la práctica, no puede ejecutar las obras que tiene asignadas.

El bloqueo es un ejemplo más de cómo los grandes proyectos urbanos terminan encallando en la complejidad burocrática. Mientras los papeles circulan entre administraciones, los vecinos siguen conviviendo con una infraestructura obsoleta que ocupa espacio en la ciudad y que, según los planes aprobados, debería haber desaparecido hace tiempo.

La vía de Ariza es una línea histórica que conectaba Valladolid con Ariza, en Zaragoza, y que quedó en desuso progresivo con la llegada del AVE y la reorganización del tráfico ferroviario en la región. Su integración en el proyecto urbanístico de la ciudad siempre fue uno de los puntos más delicados, precisamente por la cantidad de organismos implicados en su gestión y desmantelamiento.

El problema de fondo es la situación en la que se encuentra la Sociedad Valladolid Alta Velocidad. Este organismo, creado en su momento para coordinar y ejecutar las actuaciones derivadas de la llegada del tren de alta velocidad, lleva tiempo pendiente de cierre formal. Sin embargo, mientras no se complete ese proceso de disolución, sigue siendo el único responsable legal de actuar sobre esos tramos, lo que deja las obras en un limbo del que nadie parece querer hacerse cargo.

Los ciudadanos, mientras tanto, observan cómo una ciudad que aspira a modernizarse no logra terminar de cerrar un capítulo que debería estar superado. La imagen de unas vías sin uso en medio del entramado urbano es, para muchos vecinos, el símbolo más claro de una transformación prometida que avanza a un ritmo desesperadamente lento.

La pelota sigue en el tejado de las administraciones. Y la vía, de momento, sigue donde estaba.

por redaccion