La Feria de los Ajos de Vitoria vuelve a llenar de color y tradición las calles del casco histórico

La ciudad de Vitoria-Gasteiz vivió este sábado una de sus citas más aromáticas y populares del año. La Feria de los Ajos, celebrada como cada año en el marco del Día del Blusa y la Neska, convirtió la Cuesta de San Francisco y la calle Portal del Rey en un mercado bullicioso donde vecinos y visitantes se dieron cita desde primera hora de la mañana.

La Feria de los Ajos de Vitoria vuelve a llenar de color y tradición las calles del casco histórico

Los más madrugadores coincidieron en las calles con rezagados de la noche anterior y con cuadrillas de blusas camino del desayuno. Cada cual a lo suyo, pero todos compartiendo el mismo escenario festivo y el inconfundible olor a ajo que impregna la ciudad en esta fecha.

Los puestos se llenaron desde el amanecer, dejando claro que los vitorianos no quieren quedarse sin su provisión anual. César Marcos y su mujer Conchi son un ejemplo de esa fidelidad. Llevan tantos años acudiendo que ya no recuerdan cuándo fue la primera vez. Compran para todo el año, guardan los ajos en el desván y los gastan poco a poco. Siempre acuden al mismo puesto, el de los vendedores navarros, a los que valoran tanto por la calidad del producto como por el trato.

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Precisamente el puesto navarro fue el gran protagonista de la jornada. La cola no paraba de crecer y la policía tuvo que intervenir para redirigir la fila y evitar que colapsara el paso. Los trabajadores cargaban ristras con una velocidad que dejaba boquiabiertos incluso a quienes pasaban sin intención de comprar.

El ambiente fue también el otro gran ingrediente del día. Vendedores con gancho, bromas entre puesteros y clientes, y más de uno apelando al euskera para atraer compradores. David Hernández, vitoriano de toda la vida, lucía pañuelo y txapela y saludaba con un «Kaixo, baratxuri nahi?» a quien se acercaba. Para él, esta feria es pura tradición familiar.

También hubo quienes llegaron desde fuera. Angelo Costan y su familia, oriundos de un pueblo cercano a Zaragoza, se despertaron a las dos de la madrugada para estar listos en Vitoria a las seis. «Merece la pena», aseguraban sin dudar.

Al final de la mañana, las calles mostraron el resultado de la jornada: bolsas, carritos, ristras al hombro y alguna carretilla cargada hasta los topes. La Feria de los Ajos, sencilla y auténtica, demostró una vez más que las tradiciones más humildes son a menudo las que más arraigo tienen.