El pasado 30 de julio, el pleno del Ayuntamiento de Logroño acogió una comparecencia que dejó pocas indiferencias. Luisa Bárcenas, maestra de Primaria y hasta hace unas semanas directora del CEIP Escultor Vicente Ochoa, tomó la palabra para trasladar a los representantes municipales una realidad que muchas familias logroñesas conocen bien: los colegios públicos de la ciudad se han convertido en hornos durante los meses de calor.

La ocasión vino dada por una moción del Grupo Socialista relativa a la adaptación climática de los centros educativos. Pero Bárcenas no llegó con cifras abstractas, sino con algo mucho más contundente: una carta escrita a mano por alumnas y alumnos de 5º y 6º de Primaria.
En ella, los niños explicaban que el calor les impedía concentrarse, que sudaban en clase, que el aula olía a ese sudor y que el pronóstico marcaba más de 40 grados. Pedían aire acondicionado. Con educación, con argumentos y con sus nombres al pie.
La directora subió a las aulas para responderles en persona. Les dijo que tenían razón, que la solución no era tan sencilla, pero que haría todo lo posible. Lo que siguió fue un registro sistemático de temperaturas durante los últimos dos meses de curso.
Los datos son difíciles de ignorar. En junio, Logroño registró veinte días con temperaturas superiores a 30 grados, catorce de ellos por encima de los 35. El último día lectivo, el 22 de junio, el termómetro dentro del aula de 5º de Primaria marcaba 38 grados al final de la mañana.
El edificio de Educación Infantil del colegio data de los años 60; el de Primaria, de los 80. Ninguno fue construido pensando en olas de calor como las que ahora son habituales. La falta de aislamiento hace que el agua entre cuando llueve y que el calor lo invada todo cuando aprieta el sol. Tras la tormenta del 28 de junio aparecieron goteras en una clase del segundo piso.
Bárcenas fue clara ante los concejales: un colegio público no es una ludoteca. Las guerras de pistolas de agua y la manguera del huerto son parches, no soluciones. El alumnado y el profesorado tienen derecho a trabajar en condiciones dignas, y los niños son especialmente vulnerables al calor porque su sistema de regulación térmica aún está madurando.
La maestra no pidió un milagro. Pidió un compromiso: que el Ayuntamiento y la Consejería de Educación comiencen a trabajar juntos en una hoja de ruta real. El primer paso, antes de que llegue otro septiembre de calor.
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