Solo uno de cada siete jóvenes cántabros ha logrado emanciparse, una cifra que sitúa a Cantabria por debajo incluso de la media nacional y que refleja una crisis silenciosa que afecta a miles de familias de la región.

Con motivo del Día Internacional de la Juventud, celebrado esta semana, los datos han vuelto a poner sobre la mesa una realidad que muchos hogares conocen bien: la generación mejor formada de la historia de Cantabria no puede permitirse vivir sola en la tierra donde nació.
Las cifras de empleo juvenil ofrecen a primera vista un panorama moderadamente optimista. La tasa de empleo entre los menores de 30 años ha subido hasta el 44,41% y el paro ha bajado al 11,2%. Sin embargo, estos números esconden una trampa: de los más de 67.000 contratos firmados por jóvenes en 2025, casi tres de cada cuatro fueron temporales, y más del 61% no llegaron a durar un mes.
Encadenar contratos fugaces impide planificar el futuro. Impide pedir una hipoteca, asumir un alquiler y, en definitiva, construir una vida propia.
El problema de la vivienda agrava aún más la situación. Comprar está fuera del alcance de la mayoría de los jóvenes, y alquilar consume una parte desproporcionada de unos ingresos que ya de por sí son precarios. A esto se suma la presión creciente que ejerce la compra de inmuebles por parte de personas ajenas a la región, así como la expansión del alquiler turístico, que reduce la oferta disponible y eleva los precios.
El resultado es que quienes crecieron aquí tienen cada vez más difícil quedarse aquí.
Las consecuencias demográficas son evidentes. Cantabria lleva perdiendo peso en población joven desde 1996 y su tasa de envejecimiento supera ya el 24%, muy por encima de la media española. Los jóvenes que se quedan retrasan indefinidamente proyectos de vida. Los que pueden, se marchan. Y los que no tienen otra opción siguen viviendo con sus padres, muchas veces con uno o varios empleos a tiempo parcial.
No se trata de una crisis de actitud ni de falta de esfuerzo. Se trata de un modelo laboral y residencial que ha fallado a toda una generación.
Cantabria no está viendo marchar a sus jóvenes. Los está expulsando. Y esa distinción importa, porque señala responsabilidades y exige respuestas políticas concretas que aún no han llegado.
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