La lluvia intensa de la madrugada y la mañana del miércoles no fue rival suficiente para los barquereños, que volvieron a reunirse en el pinar de Merón para celebrar uno de los rituales gastronómicos más queridos del municipio cántabro: el reparto del sorropotún dentro de las fiestas del Mozucu.

Cerca de un centenar de personas comenzó los preparativos desde primeras horas bajo unas carpas instaladas para protegerse de la lluvia. El esfuerzo valió la pena: cuando llegó el momento del reparto, el cielo se despejó y los vecinos pudieron disfrutar del guiso al aire libre.
Las cifras hablan de la magnitud del evento. Se cocinaron 1.200 kilos de patatas, 700 kilos de bonito, 200 de cebolla roja y 60 litros de aceite de oliva, todo ello repartido en catorce grandes ollas con capacidad para unas 350 raciones cada una. En total, se sirvieron cinco mil raciones, acompañadas de más de mil barras de pan y 500 litros de vino tinto, distribuidos de forma gratuita entre los asistentes.
La preparación del sorropotún contó, un año más, con la presencia de Robustiano Roiz, conocido en el pueblo como Lichi, que a sus 95 años lleva medio siglo sin faltar a la cita. A su lado trabajó Luis Miguel Saavedra, de 21 años, quien también acumula más de la mitad de su vida colaborando en esta tradición.
La fiesta reunió a vecinos, turistas y representantes institucionales. La alcaldesa Charo Urquiza y varios concejales arrimaron el hombro en la cocina, y entre el público se pudo ver al consejero de Educación, Sergio Silva, al delegado del Gobierno, Pedro Casares, y al diputado Pablo Zuloaga.
La celebración también sorprendió a visitantes llegados de lejos. Sandra García, vecina de Torrevieja que estaba de vacaciones en San Vicente con su familia, se topó de casualidad con la fiesta y no dudó en buscar unos táperes para llevarse el guiso. Aseguró que es una experiencia que ella y los suyos no olvidarán.
El Mozucu es una de las fiestas más arraigadas de San Vicente de la Barquera y sirve cada año para rendir homenaje a los marineros que se embarcan en la dura costera del bonito. Una tradición que, llueva o no, los barquereños no están dispuestos a dejar pasar.
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