Cincuenta años al otro lado de la barra: el hombre que fue testigo de tres generaciones en el Hogar de San Lázaro de Zamora

Manuel Antón llegó al Hogar de San Lázaro con trece años, saliendo directamente del colegio para ponerse delante de una barra. Medio siglo después, el pasado 30 de junio, cerró esa etapa con una jubilación que él imaginaba tranquila y que el centro convirtió en una despedida para el recuerdo.

Cincuenta años al otro lado de la barra: el hombre que fue testigo de tres generaciones en el Hogar de San Lázaro de Zamora

Aquella mañana del último domingo de junio, Manuel pensaba llevar unas botellas de sidra y unos dulces. Lo que encontró fue el Hogar preparado para recibirle: fotografías, mensajes, compañeros que no trabajaban ese día, las ordenanzas, la dirección y hasta el coro, que habitualmente no actúa los domingos. Casi trescientas personas firmaron los libros de recuerdos que se prepararon para él y para su mujer, Ascensión Miguel, conocida como Chony, su compañera también detrás de la barra durante décadas.

El dato no sorprende si se tiene en cuenta que Manuel calcula que unas quince mil personas han pasado por la cafetería a lo largo de sus más de cincuenta años al frente del servicio.

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Empezó en una época en la que muchas familias necesitaban que los hijos colaborasen cuanto antes. Compaginó el trabajo con los estudios en el instituto nocturno y fue encontrando en aquel lugar algo más que un empleo. Con el tiempo, la cafetería del Hogar se convirtió, en sus propias palabras, en «un poco mi casa desde los 13 años».

Desde aquella barra vio cambiar hábitos y generaciones enteras. Recuerda con especial afecto a los trabajadores que llegaban de la obra, se sentaban a jugar al tute y bebían vino juntos, aunque la partida acabara en bronca. Al día siguiente volvían a la misma mesa. También guarda memoria de los socios mayores que le contaban sus vivencias de la Guerra Civil y la posguerra. «Te las contaban los protagonistas, no los políticos ni la prensa», señala. Entre ellos hubo personas que llegaron a ocupar para él un lugar casi familiar, como Victoriano, a quien considera prácticamente su abuelo.

La barra fue también, muchas veces, un lugar donde escuchar. Mucha gente acudía no solo a comer o tomar un café, sino a hablar y a ser oída. Manuel y Chony ejercieron ese papel sin que nadie se lo pidiera formalmente.

La jubilación, eso sí, no ha sido total. Cada lunes Manuel regresa al Hogar para colaborar con el bingo. Parece que hay sitios a los que uno no termina de decir adiós del todo.