La cuenta atrás ya está en marcha. Dentro de menos de tres meses, los conductores riojanos podrán circular por la AP-68 sin pasar por caja. El próximo 11 de noviembre se cierra un capítulo histórico: más de medio siglo de concesión y de pago obligatorio en una de las autopistas más transitadas del norte de España.

La liberación de esta vía, que conecta Bilbao con Zaragoza atravesando La Rioja de extremo a extremo, es una de las noticias más esperadas por miles de familias y empresas de la región. Durante décadas, el peaje ha sido fuente de quejas entre vecinos que no entendían por qué debían pagar por una infraestructura que utilizaban a diario para trabajar, moverse o acceder a servicios básicos.
Pero la gratuidad tiene también otra cara, y no es precisamente barata. El proceso de liberación arrastra consigo una serie de obligaciones económicas para los municipios implicados. Logroño, como principal ciudad de la comunidad, se enfrenta a una factura millonaria vinculada a la asunción de nuevas responsabilidades sobre tramos e infraestructuras asociadas que hasta ahora gestionaba la concesionaria privada.
Esta situación ha abierto un debate nada menor en la política local. Mientras la ciudadanía celebra el fin de los cobros en las cabinas, el Ayuntamiento de Logroño debe cuadrar cuentas para afrontar unos gastos que no estaban plenamente previstos en los presupuestos municipales. La pregunta que sobrevuela los despachos es directa: ¿quién paga realmente el precio de la autopista gratuita?
La AP-68 es una de las concesiones más longevas y polémicas de la red española de autopistas de peaje. Su liberación se enmarca en un proceso más amplio por el que el Estado recupera infraestructuras una vez vencidos los contratos originales, aunque la transición no siempre resulta sencilla para las administraciones locales.
Para Logroño y el conjunto de municipios riojanos, el 11 de noviembre será a la vez una victoria ciudadana y el inicio de un nuevo escenario de gestión. La fecha está marcada en rojo en miles de calendarios, pero también en los libros de cuentas de un Ayuntamiento que trabaja contra el reloj para estar listo cuando caigan las barreras para siempre.
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