Zamora arde este verano junto a buena parte del territorio español, y con las llamas resurge un debate que muchos prefieren esquivar. La causa de los incendios forestales no hay que buscarla solo en los termómetros ni en la sequía: hay que mirar a las personas.

Los datos oficiales son contundentes. Aproximadamente el 95% de los incendios forestales tienen su origen, directa o indirectamente, en la acción humana. El cambio climático agrava las condiciones, seca los montes y convierte cualquier chispa en una catástrofe, pero no es quien enciende la cerilla.
Más de la mitad de los siniestros son intencionados. Detrás de esas llamas hay vandalismo, intereses económicos y conflictos por el uso del suelo. Las colillas mal apagadas, los accidentes con maquinaria agrícola y las quemas de rastrojos sin control suman más de un tercio de los casos. Los rayos y las causas puramente naturales apenas representan un 5% del total.
Esta es la realidad que han señalado numerosos alcaldes zamoranos afectados, y que también reconoció sin rodeos el delegado territorial de la Junta de Castilla y León, Fernando Prada, cuando se desató el incendio en La Tejera.
El abandono del campo es otro factor clave que agrava la situación. El éxodo rural ha dejado los bosques sin limpiar durante décadas. La biomasa seca acumulada actúa como una autopista para el fuego: cuando las llamas encuentran ese combustible, nadie puede frenarlas.
Las condiciones de este verano han dado lugar a lo que los expertos llaman incendios de sexta generación. Son fuegos tan rápidos y violentos que llegan a modificar la meteorología local, generando sus propios vientos y haciendo ineficaces los medios tradicionales de extinción.
El relato que culpa exclusivamente al calentamiento global resulta cómodo pero engañoso. Oculta una responsabilidad colectiva que va desde el pirómano hasta la administración que no invierte en limpieza forestal, pasando por el ciudadano que no apaga bien una colilla o el agricultor que quema sin precaución.
Cuando el monte arde en Zamora, no se pierde algo ajeno. Se pierde patrimonio común, biodiversidad, agua, suelo y memoria. Asumir que la mano del hombre es el problema es el primer paso para que también sea parte de la solución.
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