Los vecinos de la calle Bruno Villarreal llevan dos años y medio conviviendo con el miedo. Una lonja okupada en el número 7 de esta céntrica vía del barrio de Coronación se ha convertido en el epicentro de peleas, robos y amenazas que han desbordado la paciencia de quienes residen en los portales de alrededor.

Las cifras hablan por sí solas. Desde que arrancó agosto, la Policía Local y la Ertzaintza han tenido que personarse en Bruno Villarreal casi tres veces al día. Entre ambos cuerpos suman cerca de sesenta intervenciones en apenas tres semanas, con despliegues de coches patrulla los días 7, 9, 15 y 17 del mes para sofocar riñas multitudinarias. Solo las llamadas por peleas superan ya la decena.
«Ahora hay un grupo bastante problemático en esa lonja», reconocen efectivos de los dos cuerpos. Se calcula que entre media docena y diez personas, todos varones menores de cuarenta años, ocupan actualmente el local. Los agentes han recuperado de su interior bicicletas y teléfonos móviles vinculados a robos y hurtos cometidos en la zona.
La última intervención grave tuvo lugar en la madrugada del lunes, cuando varios de los ocupantes se enfrentaron a clientes de un bar cercano con el que mantienen una tensión creciente. Los vecinos sospechan que en ambos puntos se trafica con drogas y hablan de continuas «idas y venidas de patinetes».
El relato que comparten los residentes es escalofriante. Una mujer con un menor a su cargo enumera lo ocurrido en los últimos meses: una violación dentro de la lonja, robos con violencia, un vecino apuñalado por plantar cara a los ocupantes y neumáticos de coches acuchillados. «Así que claro, hay miedo», resume. «Ni se me ocurre que vaya solo por esta calle».
Un matrimonio de mediana edad confiesa estar pensando en vender su piso, aunque reconoce que nadie lo comprará en estas condiciones y que tampoco podrían permitirse otro en el resto de la ciudad.
Todos los vecinos coinciden en que la Policía responde con rapidez cuando se la llama y que está «muy pendiente». El problema es lo que pasa después. «En cuanto se dan media vuelta, regresan las peleas y las amenazas», lamenta una residente.
Lo que antes era un barrio tranquilo donde la convivencia funcionaba, con tiendas de toda la vida y una población mayoritariamente envejecida, se ha convertido, según sus propios habitantes, en un lugar «insoportable» para vivir.
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