El aparcamiento de la plaza de las Cortes, junto al Museo Thyssen-Bornemisza, abre sus puertas a un inesperado viaje en el tiempo. Bajo el asfalto del centro de Madrid han aparecido los restos de los canales de agua medievales y los raíles del primer tranvía de la ciudad, y ahora cualquier vecino o visitante puede contemplarlos de cerca.

El hallazgo se produjo durante las obras de construcción del nuevo parking. Al excavar el subsuelo, los operarios sacaron a la luz tres conjuntos de infraestructuras que llevaban siglos enterradas y olvidadas bajo una de las plazas más céntricas de la capital.
El Ayuntamiento de Madrid decidió entonces que aquellos restos no podían quedarse en un almacén ni ser destruidos. Así nació la idea de habilitar un espacio museográfico en el propio interior del aparcamiento, protegido por pantallas de vidrio y acompañado de paneles informativos que explican su historia.
Entre los vestigios conservados destacan los llamados viajes de agua, unas galerías subterráneas construidas en ladrillo y cal que llevaban agua potable a la ciudad desde la época andalusí hasta bien entrado el siglo XIX. A través de estas conducciones, el agua llegaba a plazas y edificios aprovechando únicamente la gravedad. Sin embargo, el crecimiento de Madrid hizo insuficiente este sistema, que solo garantizaba siete litros de agua por habitante al día. La solución llegó en 1851 con la creación del Canal de Isabel II.
Junto a los canales, el museo conserva un tramo de los raíles del antiguo tranvía que unía la plaza de Cánovas del Castillo con la Puerta del Sol. La primera línea echó a andar en 1871 con tracción animal, después llegó el vapor y más tarde la electricidad, hasta que el tranvía desapareció definitivamente de las calles madrileñas en 1972.
El espacio puede visitarse desde la entrada peatonal situada a la altura del número 4 de la plaza de las Cortes, y el acceso forma parte del propio recorrido del aparcamiento.
Con esta iniciativa, el Consistorio reafirma su apuesta por integrar el patrimonio histórico descubierto en obras urbanas y ponerlo al alcance de madrileños y turistas, sin que los restos queden sepultados de nuevo o acaben en el olvido.
Madrid sigue demostrando que, a veces, basta con cavar un poco para descubrir que la historia de la ciudad está literalmente bajo nuestros pies.
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