Más de medio siglo después de que se abriera el expediente, la Junta de Castilla y León ha declarado oficialmente Bien de Interés Cultural con categoría de Conjunto Histórico a Espinosa de los Monteros, una localidad del norte de la provincia de Burgos que atesora uno de los patrimonios arquitectónicos más singulares de Las Merindades.

El Consejo de Gobierno autonómico aprobó la decisión el pasado 20 de agosto, cerrando así un proceso que se había iniciado en 1972 y que reconoce el valor histórico, cultural y monumental de este municipio enclavado en el extremo norte burgalés, pegado a la frontera con Cantabria.
Espinosa de los Monteros tiene una historia que arranca, al menos, en el siglo IX. Su carácter de villa quedó consolidado con dos hitos fundamentales: el permiso para celebrar mercado semanal cada martes, otorgado en 1501, y el título de villa concedido por Felipe IV en 1627. Ambos privilegios moldearon una economía que durante siglos dependió del campo y la ganadería.
Ese pasado se puede leer hoy en cada esquina del pueblo. La trama urbana resulta poco habitual: parcelas amplias, muchas ocupadas por un solo edificio, con palacios de fachadas imponentes y jardines privados. Entre ellos destacan el palacio de los marqueses de Chiloeches, el de los marqueses Cuevas de Velasco y el de los Fernández Villa, todos reconocidos ya como Bien de Interés Cultural entre 1991 y 2000, y construidos entre los siglos XVI y XVII.
No faltan tampoco las edificaciones de carácter defensivo, como la Torre de los Azulejos o la Casa de los Cubos, que recuerdan el pasado nobiliario de la localidad. A estas se suman construcciones más humildes entre medianeras y casas burguesas con galerías acristaladas en calles como la de los Monteros o la del Progreso.
El patrimonio religioso completa el cuadro con la iglesia de Santa Cecilia y los templos dedicados a Nuestra Señora de Berrueza y a San Nicolás. La arquitectura popular, con marcada influencia montañesa visible en solanas y galerías, añade una capa de autenticidad que recorre calles como Los Monteros o El Sol.
La declaración no solo supone un reconocimiento simbólico. Abre también la puerta a una mayor protección y a posibles vías de financiación para la conservación de un conjunto que lleva décadas mereciendo una categoría que, por fin, ya tiene nombre oficial.



