La feria de San Mateo ya está aquí, y con ella llega la cita taurina más importante del año para Logroño. Sin embargo, la edición de este año despierta sentimientos encontrados entre los aficionados y los conocedores del mundo del toro en la capital riojana.
Lo cierto es que la programación presenta dos carteles que pueden calificarse de notables, con nombres que generan expectativa y prometen tarde de interés en La Ribera. Ahí está el atractivo de esta feria, y sería injusto no reconocerlo.
Pero el conjunto no alcanza el nivel que una ciudad como Logroño merece. Esta percepción, que ya sobrevolaba los mentideros taurinos desde principios de agosto, no ha cambiado con el paso de las semanas ni con la inminencia del inicio de los festejos.
La feria se queda, en conjunto, a medio camino. No es una programación fallida, pero tampoco es la que debería lucir una plaza de la relevancia histórica y aficionada que tiene Logroño. Hay cartel suficiente para disfrutar, pero no el suficiente para ilusionar de verdad.
Los dos carteles más atractivos concentran lo mejor de la oferta y serán, previsiblemente, las tardes que llenen la plaza y generen más conversación. El resto del ciclo, en cambio, no termina de igualar ese nivel y deja la sensación de que se ha perdido una oportunidad.
San Mateo es la fiesta grande de Logroño, y su feria taurina forma parte de esa identidad colectiva que cada septiembre llena las calles de ambiente, música y tradición. Por eso mismo, cuando los carteles no están a la altura de lo esperado, la decepción cala más hondo entre quienes siguen con pasión esta fiesta.
Queda ahora esperar a que los toros y los toreros hablen dentro del ruedo y que la afición riojana pueda disfrutar, al menos en esas dos tardes señaladas, de una faena que justifique el precio de la entrada y la ilusión depositada en esta cita anual.
La esperanza, como siempre en el mundo del toro, es lo último que se pierde.
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