La plaça des Born de Ciutadella volverá a llenarse de coches en los próximos días. Una decisión judicial ha tumbado la peatonalización del espacio más representativo de la ciudad, dejando en evidencia los fallos de gestión del actual equipo de gobierno y reabriendo un debate que divide a vecinos y comerciantes.

La sentencia se basa en una cuestión técnica que el ejecutivo municipal fue incapaz de prever. Todo el mundo quería una plaza para las personas, sin tráfico rodado y con más vida en la calle, pero la realidad es que esa transformación no se acompañó de los instrumentos necesarios: ni un plan de movilidad aprobado, ni un proyecto técnico sólido, ni un acuerdo de pleno que respaldara legalmente la medida.
El resultado es un paso atrás que nadie esperaba y que pocos entienden desde la lógica del buen gobierno.
Lo curioso del caso es que, durante el año en que la plaza ha permanecido sin coches, el ayuntamiento no realizó ninguna intervención física irreversible en el espacio. Eso significa que el coste económico real de esta marcha atrás no es tan alto como se ha llegado a plantear. Sin embargo, el daño político y la imagen de desconcierto que proyecta la ciudad son considerables.
Quien sí sale ganando es el Partido Popular, que ve en este episodio un argumento de peso para su aspiración de recuperar la alcaldía. La gestión del Pacte de gobierno ha quedado retratada, especialmente por su incapacidad de negociar una salida razonable cuando ya era evidente que la vía judicial estaba perdida de antemano.
La vuelta de los vehículos tampoco es una buena noticia para el comercio local. La falta de rotación en el aparcamiento puede resultar incluso más perjudicial para los negocios que la propia peatonalización. Y la afirmación de que los comerciantes demandantes han perdido un 20 por ciento de facturación merece una verificación rigurosa, porque no todos los establecimientos de la zona han sufrido igual, y algunos se han beneficiado claramente de las nuevas terrazas que ahora tendrán que desaparecer.
Ciutadella se enfrenta así a un momento surrealista: una ciudad que camina sin rumbo claro en uno de sus asuntos más sensibles. La pregunta que queda en el aire es si aún hay tiempo para que las partes implicadas alcancen un acuerdo razonable que beneficie a la mayoría de los ciudadanos, antes de que el caos se instale definitivamente en el corazón de la ciudad.



