La Laurel se viste de fiesta: mil pinchos al día y cientos de bocatas para celebrar San Mateo

Las calles del casco antiguo de Logroño vuelven a latir con fuerza durante la semana de San Mateo. Los cerca de 80 bares que conforman La Laurel afrontan sus días más intensos del año con los frigoríficos llenos, el personal reforzado y las especialidades de la casa listas para acoger a miles de visitantes y vecinos.

La Laurel se viste de fiesta: mil pinchos al día y cientos de bocatas para celebrar San Mateo

Alejandro Ábalos Villanueva lleva toda su vida detrás de la barra del bar Ángel, el establecimiento familiar más veterano de La Laurel tras el reciente cierre del Achuri. Sus abuelos lo abrieron en 1960 y fueron los primeros en ofrecer el pincho de champiñón, hoy convertido en símbolo de la calle. Durante San Mateo, el local puede llegar a despachar más de mil pinchos en un solo día, con producto fresco llegado cada mañana desde Autol.

«Es agobiante pero la gente tiene buen comportamiento, el ambiente es festivo y bueno. La Laurel es muy familiar», asegura Alejandro, quien también regenta los vecinos El Mesón del Abuelo y La Senda. Para él, estas fiestas son mucho más que negocio: son una tradición que arranca con el chupinazo y no para hasta la salida de los toros.

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En fiestas

Al otro lado de la calle, Mar Pérez lleva el bar Torres Laurel con cinco trabajadores y refuerzos extra en cocina y sala. Su especialidad es el bocadillo de calamares, y el día del cohete ha llegado a servir hasta 600 unidades. «A veces es agobiante porque hay clientes impacientes que lo quieren todo ya», reconoce entre risas.

Quien también vive con intensidad estos días es Elena Astobieta, responsable de La Tavina, uno de los primeros bares que recibe al visitante al entrar a La Laurel desde la calle Capitán Gallarza. Su esquina es punto de encuentro el día del chupinazo y su plantilla de diez personas trabaja en horario continuo desde las 11.30 hasta la medianoche. Las croquetas y el crujiente de carena son sus apuestas más aplaudidas.

Lo que comparten todos estos hosteleros es una misma sensación: San Mateo es duro, exige mucho, pero merece la pena. Los logroñeses llenan La Laurel junto a los turistas que llegan de toda La Rioja y más allá, y esa mezcla de vecinos y visitantes es lo que da a estas calles su carácter único durante las fiestas.

Una semana de trabajo intenso que, año tras año, confirma que La Laurel no solo es un referente gastronómico, sino el corazón festivo de Logroño.